Conversaciones cruciales

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Las palabras, a veces, se las lleva el viento y, otras veces, se quedan tan dentro de ti, que llegan a provocar un huracán de circunstancias internas.

Ya he mencionado en alguna ocasión a Álvaro González-Alorda y hoy quiero volver a hacer mención a su aportación en el ámbito empresarial, sobre todo en aquel que incumbe a la línea profesional que algunas personas marcamos o intentamos ir marcando. La herramienta que destaco de este profesional es la palabra y el uso de la misma en una conversación. No cualquier conversación, sino aquella de peso, llena de sentido, llena de personalidad, plena, íntegra, con consecuencias, determinante.

 

Este sabio autor llegó a mi vida en un momento crucial, a través de su obra “Los próximos 30 años (...)”. Me encontraba en plena transición. Acababa de descubrir lo duro que resulta defender un puesto de trabajo en una empresa en la que la ética profesional, y por tanto, el peso de tu palabra, era lo último que se tenía en cuenta y eso en un ámbito como el mío, la Gerontología, no suponía poco. Y así era. O entrabas por el aro o estabas fuera de juego.

 

No sé si se trata de algo actual, debido a la crisis que aún sufrimos, o siempre ha sido así y seguirá formando parte de nuestro bagaje sociocultural. Me doy cuenta de que, por norma general, las personas no le damos mucha importancia a las palabras. Y las palabras son importantes. Muy importantes. Pueden llegar a marcar tu personalidad, tus decisiones, tus elecciones en la vida personal y profesional. Sin embargo, creo que en el entorno en el que me he desarrollado no se le la importancia suficiente a las palabras. Cualquiera puede llegar a decir una barbaridad que todo vale, todo se aplaude y todo se acepta. Incluso hay personas que piensan que es mejor no decir antes que jugársela. Prefiero siempre formar parte del juego con mi palabra.

A veces me paro a pensar en las múltiples conversaciones que he mantenido a lo largo de mis pocos 35 años y la importancia que le he dado a las mismas y me sorprendo al rememorar muchas de las palabras oídas, compartidas, dichas y su peso en mi evolución y en la de las personas con quien las intercambio.

Siguiendo a Álvaro González-Alorda, me doy cuenta, con la experiencia acumulada que las palabras tienen cada vez más peso en mi vida y que no soy capaz de mantener una conversación con cualquiera, que no me sirve ya invertir mi tiempo en cualquier café y que aplico sin darme cuenta lo dicho por el escritor citado:

 “Detrás de grandes decisiones de tu vida- como la carrera que estudiaste o la    trayectoria profesional que has elegido o a quién has decidido amar-, seguro que ha            habido una conversación o una secuencia de conversaciones que-tal vez por casualidad-se hicieron un hueco en el guión de tu vida marcando el rumbo que te ha   llevado hasta hoy. Por eso te sugiero que elijas muy bien con quién quieres conversar   a partir de ahora, porque te juegas el resto de tu biografía y, en concreto, la         orientación que vas a dar a tu carrera en los próximos treinta años” (González-Alorda,           2010:142).

De hecho, recientemente, en una reunión de trabajo, puse en marcha una dinámica que me sirvió de mucho provecho: cogí una libreta e intenté tomar nota de todas y cada una de las palabras (ideas sintetizadas, mejor dicho) de la persona que estaba al frente de la citada asamblea de equipo. Al día siguiente, leí de nuevo todas las anotaciones que hice de esa reunión y me di cuenta del importante significado de muchos de los mensajes recogidos, de la cantidad de palabras expresadas a personas que van a ser para siempre marcadas por haberlas escuchado. Y me di cuenta de que no me valen los mensajes banales, no me valen las palabras que no tienen contenido de calidad detrás, no me vale porque ya no tomo café con cualquiera.

Soy consciente del remolino que provoco a veces a mi alrededor. Tal vez lo heredé de mi abuela paterna, que fue inconformista y ahora sé que era una especie de CEO en la familia. Las palabras, que generan acciones, las de verdad, tenían mucho peso en su vida y eso se asentó en mi carácter a través de sus conversaciones.

Hablando de CEOs, uno de los directivos que me llamó la atención mientras me formaba para especializarme en RRHH, fue Jan Carlzon. Una de las afirmaciones de este directivo que remarco fue:

“Hoy las compañías se están haciendo daño a ellas mismas al centrarse tan obcecadamente en los costes”

Las empresas y las personas que las integramos, deberíamos, sobre todo en época de crisis, dar más protagonismo a las palabras y no tanto a los costes. Defiendo que deberíamos centrarnos en las personas y no tanto en las cosas, en el dinero, en los costes o en la defensa a toda costa de un puesto. Te recordarán por la persona que hayas sido, por el uso de tus palabras, por el peso de tus conversaciones y eso marcará un antes y un después en tu línea evolutiva.

Y aunque en nuestra cultura popular se diga que las palabras se las lleva el viento, cada día estoy más convencida de que sí, el viento se lleva palabras, aquellas que carecen de alma, aquellas que nos llevan a tener conversaciones sin carisma y sin personalidad.

Ojalá puedas llevar a entablar conversaciones cruciales. Ellas te encaminarán al éxito profesional y personal.

Foto: Pixabay.com

 

Sobre Sandra Fernandez Prado

 

Apasionada por aprender a lo largo de la vida: tomo nota de cada vivencia, agradezco cada oportunidad, disfruto cada proyecto, regalo mi implicación y me emociono con los detalles.

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