¡Vísteme despacio, que tengo prisa!

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Nunca imaginé que esta expresión, que aprendí de pequeña en el colegio, resultaría ser tan poderosamente efectiva en el día a día. Te cuento la razón.

Desafortunadamente, nos hemos acostumbrado a ser esclavos de apretadas agendas, de días de innumerables horas e interminables reuniones.  A consecuencia de esto, la velocidad y el frenesí con que iniciamos nuestra actividad diaria suele ser directamente proporcional al número de eventos programados en nuestra agenda.  Otro de los efectos secundarios de este enloquecido ritmo de vida actual es el vicio de convertir todas nuestras tareas en urgentes.  Acabamos por no distinguir realmente lo urgente de lo importante y etiquetamos todos nuestros quehaceres “para ayer”.   Y así nos va…. Stress, ansiedad, cefaleas, taquicardias. ¿Seguimos o partimos de cero?

 

Llega el momento de replantearse seriamente ese ritmo que acabo de describir porque supone pagar un altísimo precio a costa de nuestra salud y estabilidad emocional. Y total ¿para qué? ¿Unos pocos euros más? La salud no tiene precio, tenlo bien presente.

 

Resulta mucho más sensato , a la par que mucho más efectivo, organizar nuestra agenda en base a una priorización real de eventos y tareas. Agenda lo estrictamente necesario y, una vez agendado, revísalo y filtra de nuevo. Si se puede eliminar algo, hazlo. Y si algo puede esperar, que espere. El mundo se creó en 7 días, no todo en lunes, ¿cierto?

 

A la hora de iniciar tu día, ayuda mucho adoptar la buena costumbre de levantarse temprano para poder tomarte tu tiempo para comenzar con calma. El estado en que empezamos el día es clave y marcará la diferencia para el resto de la jornada. Muy recomendable es utilizar el tiempo extra que ganamos madrugando para hacer alguna actividad de nuestra elección y que sea placentera. Ya habrá tiempo a lo largo del día para obligaciones varias.

 

Con los años he aprendido, interiorizado y puesto en práctica los consejos que os he comentado. Yo solía remolonear en la cama por las mañanas con el afán de dormir un poco más. Observando mis costumbres me di cuenta que durante 30 minutos permanecía en la cama despierta debatiéndome entre levantarme o continuar tumbada. Al final, no dormía más y me levantaba acompañada por un sentimiento de culpa que no me beneficiaba en absoluto.

 

Ahora me dedico esos 30 minutos a mí, a desayunar de forma pausada y disfrutando de mi tostada, mi zumo y mi café. Y cuando llega el buen tiempo, desayuno en la terraza. !Wow! Y después del desayuno, dedico entre 15 y 20 minutos a realizar una meditación o una visualización guiada. Empezando el día así, imagínate la energía con que afrontas el día. Pasados 21 días, consigues transformar esta práctica en hábito y echando la vista atrás, lo agradeces, créeme.

 

Te aconsejo que observes muy atentamente no sólo la hora a la que te levantas, sino la forma en que inicias el día, tus actividades, tus pensamientos. A partir de ahí, tienes una oportunidad para rediseñar tus actividades matutinas. En tu mano está cambiar aquellos hábitos que no te aportan en positivo por aquello que tú deseas.

 

¿Con qué sensación te apetece empezar tu día? ¿Qué actividad te permite alcanzar dicha sensación? Amanece cada día siendo tú la prioridad y observarás la diferencia.

 

¡Feliz día!

 

 

Foto: pixabay.com

 

 

 

 

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