Verdades a gritos

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“Para aquellos que exigen sinceridad, pero se ofenden si les dices la verdad: ¿Te ofendo por sinceridad o te miento por educación?” (Anónimo).

¿Y qué pasa si te has cortado el pelo y considero que no te favorece? ¿Te gustaría que te lo dijera? ¿O prefieres deducir mi parecer en base a mi silencio? Probablemente, estés pensando algo así como “pues depende de la confianza que tengamos…”, ¿no? Pero, ¿es realmente el nivel confianza lo que determina si es correcto o no expresar lo que de verdad piensas?

Siempre se ha cuestionado el valor de la sinceridad y considero que es un tema muy subjetivo. El grado de amistad que tengas con la persona a la que te diriges puede jugar un papel crucial, pero seamos claros: aunque resulta fácil reconocer la importancia que tiene para nosotros la verdad, es cierto que muchos se bajarían del barco en el momento en el que tienen que enfrentarse a escuchar lo que no quieren oír. Desde mi punto de vista, la forma más inteligente de recibir esas palabras es de manera constructiva, no sólo apreciando la actitud de quién te lo dice, sino quedándote con el mensaje en sí y reflexionando sobre en qué medida la otra persona pueda tener razón. Quizás, teniendo en cuenta un punto de vista diferente, tu perspectiva cambie.

Sin embargo, hay un tema que para mí es aún más difícil de conseguir: el equilibrio entre la sinceridad y el tacto. No es lo mismo decir: “¡¿Qué te has hecho en el pelo?! ¡¡Te queda fatal!!”, a comentar: “¿Te has cortado el pelo? La verdad es que me gusta más cómo te queda largo…”. Aunque parezca que la única diferencia entre una y otra está en la elección de las palabras adecuadas, también es relevante dar con el momento oportuno, escoger el tono correcto y tener la empatía suficiente con tu interlocutor, lo que te permitirá medir la reacción que éste pueda tener. Tener tacto también implica admitir que el que te guste o no el corte de pelo es, en realidad, un juicio personal. En ningún caso se puede atribuir una connotación objetiva al mensaje ya que, mientras tú piensas que le queda mejor el pelo largo, otras muchas personas opinarán de forma contraria.

Pero, ¿por qué pudiendo serlo, hay personas que prefieren no ser sinceras? Podemos encontrar varios motivos: la falta de iniciativa; el miedo a la reacción por parte de la otra persona; el temor al “qué dirán” personas ajenas o incluso la carencia de interés. Lo fácil es optar por una actitud cómoda y no “levantar la liebre”. Y te pregunto, ¿ser sincero es bueno o malo? Pero, ¿y qué pasa cuando la confianza no es el medio que te facilita el proceso?

Las empresas están optando cada vez más por jerarquías horizontales y planas que fomentan la comunicación y hacen que la relación interprofesional sea cada vez más familiar. En el fondo, se tiende a entornos más cercanos y llanos donde la implicación, la iniciativa y la proactividad son competencias tremendamente valorables. Sin embargo, existe una delgada línea entre lo correcto y lo incorrecto a la hora de entrar en acción. Y la pregunta es: ¿dónde están los límites? Si fueras empresario, ¿preferirías que tus empleados fueran transparentes y mostraran su punto de vista sin tapujos? ¿Hasta qué punto crees que, como empleado, el hacerlo te perjudica?

Vivimos en una sociedad en la que se tiende al idealismo. Las redes sociales no hacen más que mostrar vidas perfectas en donde las emociones negativas parecen no tener ningún tipo de cabida. Como consecuencia, subimos el listón, nos volvemos más exigentes y aspiramos a rodearnos de los mejores, a conseguir óptimos resultados, a alcanzar remuneraciones elevadas, a darles a nuestros hijos la vida soñada, etc. En definitiva, fomentamos un entorno competitivo en el que tendemos a destacar sobre el resto y a buscar la vida perfecta, aquella que no da paso a emociones como la tristeza, la nostalgia, la ira o la decepción. Pero olvidamos que éstas son incluso más necesarias y útiles que las anteriores. Ojo, no caigas en el error de convertirte en un “hater”, ya sabes, ese término tan de moda que hace referencia a aquellos que se quejan por todo; en el equilibrio está la virtud.

Dejando a un lado a los “haters”, la sociedad en sí define un patrón de vida en el que parece que tu papel ya está escrito. Todo apunta a que los que triunfan y alcanzan el éxito son aquellos que consiguen llegar más lejos de la manera más silenciosa posible. La cuestión es: ¿son felices o deciden optar por parecerlo?

Personalmente, prefiero enfrentarme a situaciones que me hagan conocer la tristeza, la decepción, la incertidumbre e incluso el odio. Para conseguir el éxito, antes será necesario experimentar etapas de esfuerzo y dedicación. Son circunstancias en las que el tiempo juega un papel fundamental. Habrá momentos en los que no estarás de acuerdo con las decisiones tomadas. Es ahí donde yo te animo a que expongas tu punto de vista, a que exteriorices los argumentos justificados que apoyen tu postura. No te quedes callado: grita, enfádate, llora, decepciónate y no tengas miedo a llevar la contraria. Después, ármate de valor y di lo que piensas, pero siempre sin perder los papeles. No hay nada más sorprendente que una persona con criterio. Y ya sabes lo que dicen: “Lo que no mata, indiscutiblemente, te hará más fuerte”. 

Sobre Carla García-Mori

 

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