Una excusa tras otra

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En nuestro día a día nos topamos con innumerables personas, cada una con su forma de ser, con sus circunstancias, sus anhelos, sus sueños. Cada interacción supone un momento único,mágico, cargado de posibilidades y, no obstante, en muchas ocasiones, las posibilidades quedan relegadas al pasado, al terreno de lo no rescatable.

¡Cuántas veces en un intercambio comunicativo, una de las partes, o ambas, se han cargado cualquier opción de entendimiento mutuo!  No me escucha, es una egoísta, solo piensa en ella. 
¡Qué pronto asoman estas palabras a nuestros labios cuando se trata de etiquetar a otra persona! 
¿Me equivoco?

¿Nos hemos parado a pensar en que nosotros también somos parte implicada en ese intento fallido de comunicación al que no paramos de darle vueltas? También teníamos nuestra parcela de responsabilidad y no es que hayamos puesto mucho de la parte. Eso sí, seguimos empeñados en echarle la culpa a otro.  

Seguro que muchos nos sentimos identificados con esta situación. Pasado algún tiempo, en un lugar muy remoto de tu conciencia, te das cuenta y te dices en voz muy bajita que quizás sí podías haber actuado de un modo diferente, pero bueno, ahora ya está. Pero bien bajito, no sea que alguien te escuche y te cueste admitir esto en público. 

Si buscamos modos de explicar nuestro comportamiento, siempre hay algún que otro argumento que nos resulta útil. Es curioso como solemos malinterpretar y hacer un mal uso de conceptos e ideas tan nobles como restregar la asertividad o la empatía para esbozar una justificación aceptable. 

De pronto enarbolamos la bandera de la asertividad para decir todo lo que se nos viene en gana y de cualquier modo, sin pensar en las consecuencias. O apelamos a la empatía que los demás deberían sentir hacia nosotros para que entiendan que nuestra postura es la correcta. 

Y así podemos conducirnos a través de los años, pisoteando a nuestro interlocutor y terminando con cualquier posibilidad de entendimiento. 

Este comportamiento aprendido, fijado a base de práctica y experiencia, es lo más normal del mundo para ti. Tan normal y tan parte de tu día a día, que, sin darte cuenta, estás empezando a ponerlo en práctica en tu diálogo interno, en las conversaciones que mantienes contigo misma.

Descubres cosas que quieres cambiar, e incluso ya conoces qué pasos son necesarios para hacerlo. ¿Qué te dices entonces? ¿Qué razón puede justificar que no pases a la acción? Con la práctica adquirida, encuentras esta excusa con una facilidad pasmosa. Y en esta ocasión, ni siquiera has de verbalizarla pues te hablas a ti. 

¡Qué triste no sentir la necesidad de explicarte un poco más! Y sin gran esfuerzo, te autoconvences de que lo mejor es no hacer nada, dejar las cosas como están. 

Ojalá me equivoque y esto no te haya sucedido nunca, aunque lo dudo. Si has superado esta fase de bloqueo, con ayuda o sin ella, me alegro mucho por ti. Entonces me gustaría pedirte un favor. 
Presta atención a las personas de tu entorno y si ves a alguien en esta situación, ayúdales a mirarse en el espejo. 

Está claro que esta situación no se puede forzar y que si no queremos cambiar no lo haremos. Siempre resulta útil tener a alguien cerca en momentos de cambio por si nos echamos atrás.

Y si es justo ahora cuando empiezas a plantearte que quizás llevas tiempo autosaboteando tus intentos de cambio, recuerda que nunca es tarde.

 

 

Foto: pixabay.com

Sobre Amparo Aparisi

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