Un padre, un hijo y un burro

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Uno de los pilares fundamentales de la educación en mi familia ha sido actuar en conciencia sin temor a las críticas de los demás; recuerdo que de pequeña mi abuela me contaba una fábula sobre un padre ya mayor que viajaba con su hijo pequeño y un burro hacia un lejano destino:

Tras varias horas de viaje, el niño se siente cansado y le pide permiso al padre para montar en el burrito; el padre accede y al entrar en un pueblo a beber agua escuchan como la gente murmura a su paso y les critican porque el niño que es joven y fuerte va en el burro y el anciano padre va arrastrándose de cansancio. Asi que deciden cambiar un rato y es el padre quien monta, pero al atravesar otro pueblo sus habitantes les increpan diciendo que qué clase de padre sin corazón deja a un niño tan pequeño andar mientras él va cómodamente sentado en la montura. Así las cosas, padre e hijo deciden montar ambos en el animal y, obviamente, en el tercer pueblo del camino la gente les insulta por abusar de esa forma de un pobre pollino cansado. En conclusión, siempre va a haber alguien que te critique hagas lo que hagas asi que, al menos, obra en conciencia.

Este cuento, hoy en día, está de plena actualidad, sólo que el remake del mismo en el S. XXI trata sobre una mujer, su trabajo y su hijo.

Si la mujer, que ha pospuesto su maternidad hasta los treinta y tantos para tener su carrera y su máster o sus oposiciones, unos ahorros y una vivienda propia (alquilada o comprada, pero propia) decide hacer uso de sus derechos laborales y pide una excedencia para cuidado de hijo o una reducción de jornada para que el pequeño no pase en la guardería más horas de las razonables, un buen número de compañeras estarán allí para mirarla por encima del hombro y reprocharle su conducta.

Alguna irá de madre coraje y le dirá que ella ha tenido dos y no ha recurrido a excedencias ni reducciones de jornada (lo que no te dirá es que su madre o su suegra se ocupaban de los niños de 7 a 17 horas o que su marido tiene turno de tarde y se ocupaba de ellos por la mañana o que pagaba 600 euros por dos plazas en guardería privada que tu no puedes pagar); otras apelarán al feminismo y le reprocharán que cada vez que una mujer trabajadora pide una excedencia o reduce jornada, un hada de los Derechos de la Mujer cae muerta. Y luego habrá algunas que ejerciendo de Oráculo de Delfos le dejarán bien claro que los años pasan y las nuevas generaciones vienen hambrientas y sin escrúpulos, así que cuando ella decida volver, no habrá un hueco para una madre cuarentona que ha olvidado como se maneja excell así que no la reincorporarán o lo harán a la espera de buscar una excusa para despedirla.

Así las cosas, tal vez la mujer decida que es mejor bajar a su hijo del burro y subirse ella. Su carrera por delante, como siempre ha sido desde que terminó sus estudios y se metió en la lucha del mercado laboral. Si no es autónoma, tiene cuatro meses de baja de maternidad para ver como gestiona su nueva vida de madre. Hacienda te da 100 euros al mes durante los primeros 36 meses de vida de tu hijo como ayuda a la madre trabajadora (justito para pañales y de marca blanca). La guardería cuesta una media de 300 euros al mes durante 11 meses al año (y sólo es gasto deducible en determinadas CCAA).

Meter una persona en casa para que cuide a tu hijo cuesta incluso más que la guardería, pero es la única opción si tienes jornada partida o turnos o un horario incompatible con el de la propia guardería (que es bastante más inflexible que tu popio jefe/a). Por tanto, para volver a trabajar al cuarto mes, tienes que tener entre 200 y 500 euros disponibles sólo para cuidar de tu hijo, dejando de lado el gasto de comida, ropa, vacunas (aún hay muchas de pago y son realmente caras) y demás "caprichos" de madre moderna. Si los tienes, enhorabuena, ya puedes volver al trabajo para que te critiquen las del otro bando, las que han criado amorosamente a sus hijos hasta la edad escolar, las que dieron el pecho hasta los 27 meses y pasaron las mañanas en el parque leyendo libros de educación Montessori y de inteligencia emocional.

Y reza para que el bebé no tenga más de 37.5 de temperatura o estornude un poco fuerte, porque ese día te llamarán de la guardería y te dirán que te lo lleves de inmediato para evitar el contagio masivo y entonces te encontrarás pidiendo favores a compañeros/as, jefes/as y amigos/as para que alguien te cubra en el trabajo o con tu hijo porque se ha abierto un bucle en el espacio-tiempo y ha coincidido tu vida laboral con la familiar y eso no puede ser a nivel cósmico.

Para que la madre y el hijo se suban al burro necesitamos una serie de extras en el cuento, como sería un entorno familiar implicado que pudiera suplir a la madre en el aspecto temporal o una situación económica desahogada y una conciencia maternal sana que permita delegar en terceras personas el cuidado del hijo a cambio de dinero y sin sentimiento de culpa. Pero incluso esas opciones generarán críticas porque ser mujer trabajadora es duro, pero ser madre trabajadora es casi imposible hoy en día. Estamos en ello.

Hay excedencias y reducciones de jornada, pero siguen siendo una opción casi exclusivamente femenina porque existe aún mucha desigualdad salarial (y mental) y siempre se sacrifica el sueldo más bajo; se ha aumentado la baja de paternidad (¡gracias, pero aún no cubre ni la cuarentena, así que se va antes el padre que los puntos!) pero la baja de maternidad sigue siendo insuficiente tanto para la madre como para el bebé. Hay guarderías más baratas y con horarios más flexibles, pero sigue siendo un gasto económico disuasorio que debería suprimirse por asumirlo el Estado o la propia empresa. Estamos en ello.

Pero por encima de todo hace falta la auténtica solidaridad femenina, la de las mujeres que consiguieron el voto, la de las trabajadoras que nos dieron la posibilidad de ser independientes económicamente para no pasar del padre al marido como un animal al que hay que cuidar y alimentar. Ellas no preguntaban a sus congéneres a quien iban a votar, ni siquiera si iban a hacerlo. Les daba igual que una mujer quisiera trabajar o no porque lo esencial no es que quieras votar o que quieras trabajar sino que tengas derecho a hacerlo.

Hay que posibilitar la elección y esa es la lucha que tenemos pendiente hoy, la que tenemos que ganar para nuestras hijas. Da igual que quieras ser madre o no, tienes que poder tomar libremente esa decisión sin que de ello dependa tu futuro profesional, tienes que poder elegir libremente y en conciencia. Y cuando una mujer tome esa decisión, su jefa, sus compañeras y las madres del parque tienen que apoyarla y tienen que felicitarse porque la ha tomado libremente aunque no la compartan.

Luchemos por la libertad y por la igualdad real, incluso para quienes no la quieran o no la necesiten, porque lo esencial es poder elegir y no el sentido de la elección. Y eso nos lo enseñaron ELLAS, que tenían menos estudios, menos inteligencia emocional y menos experiencias vitales que nosotras pero sabían perfectamente que había que unir fuerzas para ser oídas, aunque cada una quisiera decir una cosa distinta.

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Sobre Nieves Pérez

 

Las personas son el motor de las empresas, y los departamentos de Recursos Humanos juegan un papel vital en este engranaje con la adecuación persona-puesto. Por este motivo mis esfuerzos se centran en aportar valor, aprendiendo cada día para poder ofrecer mi mejor versión. 

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