Si vestimos a la mona de seda, ¿mona se queda?

Añadir nuevo comentario

La condición de cada uno o los defectos naturales no se pueden encubrir ni cambiar con mejoras meramente externas (centro virtual del Instituto Cervantes).

 

Resulta de gran transcendencia la imagen que proyectamos hacia el exterior a la hora de relacionarnos entre las personas y el entorno laboral es un entorno de grandes encuentros personales que preocupa a las personas.

 

Solemos defender, entre nuestros valores más honestos, el hecho de no juzgar a las personas (o, al menos, intentarlo) por su apariencia o que no solemos tener en cuenta las primeras impresiones. Esto es muy loable. Sin embargo, el manejo de este análisis está en gran medida fuera de nuestro control consciente, tal y como han demostrado multitud de estudios de bagaje psicosocial. No podemos controlar al cien por cien el fuerte impacto que causa la interpretación más instintiva de una primera imagen que nos llega de una persona, porque esta área pertenece a lo incontrolable de nuestro poder mental. Apunta Dale Carnegie, en su obra “Cómo hablar bien en público e influir en los hombres de negocios” (pág. 197):

                                                                               “Antes de hablar, ya estamos condenados o aprobados”

 

Estudios antropológicos demuestran que el hombre introdujo la costumbre de cubrir su cuerpo con algo debido a su necesidad de protegerse del frío. Con el paso del tiempo, las personas encontraron en el cuidado de la vestimenta una forma de comunicación no verbal, tal y como hemos expuesto anteriormente y que ayuda a identificar, clasificar y encasillar a cada cual. Se convirtió, por tanto, en forma de comunicar quién somos o cómo queremos que en cierta manera nos encasillen. Esta área viene muy condicionada y amasada por la cultura y educación recibida en cada contexto en particular. Los mensajes culturales y educacionales, que miman nuestra virginidad interpretativa, están esculpiendo en nuestro cerebro desde niños una forma de interpretar las cosas que no alcanzamos a manejar sin un exhausto ejercicio de dominio de la consciencia.

 

Y llegamos a día de hoy. ¿Qué tanto peso damos a la apariencia, a la impresión física? Nos encontramos en una época histórica de gran apertura mental y capacidad de manejo de nuestro potencial cerebral. Es por ello que la apariencia resulta ser un aspecto que, aunque sigue mandándonos mensajes subliminales, ha adquirido la categoría (digna y democráticamente lograda) de libre. Y cuando digo libre lo hago desde la condición de análisis de la apariencia desde mi conocimiento de ELEGANCIA. Elegancia es una palabra que procede del término latino elegans y deriva, a su vez, del verbo raíz eligere: ELEGIR.

 

¿A dónde quiero llegar? Pues a que entiendas y asimiles que, a la hora de cuidar tu aspecto físico, cuides y defiendas tu condición. Que seas libre de elegir en lo que mejor te embutes, en las prendas en las que mejor te manejas, en los cuidados que aplicas a tu cuerpo y que te hagan sentir más tú, en los peinados en los que mejor te gustes, en los zapatos en los que más libre y a gusto camines y en la apariencia libre que te distinga de los demás. ¿Y por qué ese elegir libre? Por un uso y sentir más consciente de lo que tú eres cuando te expones a l@s demás.

 

Cuando acudas a una entrevista de trabajo, cuando tengas una reunión de equipo, cuando tengas que exponer tu trabajo fin de máster, cuando debas defender ante un tribunal de oposición tu saber académico, cuando incluso vayas a hacer la compra o te posiciones delante de alguien: NO DEJES DE SER LA MEJOR VERSIÓN DE LA MONA QUE ERES. Sé libre, no te encarceles en mandatos impuestos desde fuera o normativas que te obliguen a adoptar una postura forzada, porque eso se nota y mucho.

 

Que tu apariencia vaya acorde con tu personalidad, eso transmite coherencia y elección de tu condición. “El elegante manifiesta su búsqueda y su descubrimiento, logrando de este modo singularizarse. Se distingue de los demás a partir de los mismos elementos de elección posibles. Ha elegido y, por tanto, es elegante” (Camilo López, El libro del saber estar, pág. 46)

 

Me remito al refrán con el que inicié este artículo para ofrecerte una conclusión o reflexión final: si vestimos a la mona de seda, la mona sigue quedando, sí. Y eso es una suerte, ya que seguirás siendo tú, tu esencia no se diluye en una apariencia limitada por cánones impuestos. Tu condición es lo que defiendes al exponerte ante los demás y eso te hace distinto, elegante y singular.

 

Conquistarás por tu naturalidad. Conquistarás por mostrar tu parte más mona de ti mism@!

 

Foto:pixabay.com

 

Sobre Sandra Fernandez Prado

 

Apasionada por aprender a lo largo de la vida: tomo nota de cada vivencia, agradezco cada oportunidad, disfruto cada proyecto, regalo mi implicación y me emociono con los detalles.

Add comment