Si paran ellas, para el mundo

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Me prometía un día normal, rutinario y monótono pero mis planes saltaron por los aires desde primera hora. Mi mujer se negó a llevar a los niños al colegio "estoy en huelga" se limitó a decirme. Luego mi hija dijo que ella se sumaba, tampoco iba a clase. Mauro sí quería ir. No tuve más remedio que llevarlo, aunque eso me hiciera llegar tarde al trabajo.

Conseguí aparcar a un par de metros de la puerta, pero la calle era un caos. Al parecer, según comentaban los otros padres, las agentes de movilidad que regulaban el tráfico a esas horas no habían acudido a trabajar y los servicios mínimos estaban desbordados. Cuando conseguí meter a mi hijo en el colegio, salí lo más rápido que pude, ya llevaba 40 minutos de retraso. Ni me planteé desayunar antes de entrar en la oficina y, aún así, al pasar vi que en la cafetería colgaba el cartel de cerrado por huelga.

En el trabajo la cosa no fue a mejor. Solo una mujer a la vista, Lucía de contabilidad, que hacía huelga en su "segunda jornada". La jefa no vino, canceló varias reuniones y otras, inaplazables, las gestionamos como buenamente pudimos. Nos turnamos en recepción porque la telefonista también faltaba. El director deambulaba como un pollo descabezado: su secretaria no estaba y no recordaba ni la contraseña del correo electrónico. En el microondas había una nota: "Hago huelga, hoy no limpio", la chica de limpieza siempre tan maja. Nos volvimos acordar de ella cuando saltó el limitador y nadie sabía donde estaba. Además, aquello parecía una guardería, todos los clientes se habían puesto de acuerdo para traerse a los niños. Muchos colegios ni siquiera abrieron.

A la una en punto me llamó mi mujer, se suspendían las clases y había que ir a buscar al niño. No me venía tal mal, aprovechaba y pasaba por el ayuntamiento para registrar un par de ofertas para contratos. De camino comprobé que el tráfico seguía siendo un caos, ahí faltaban más que un par de agentes de movilidad. Ni policía local, ni nacional, ni nada... En el ayuntamiento más de lo mismo, servicios mínimos. La cola para registro salía por la puerta. Solución del conserje: vaya usted a la subdelegación. En la subdelegación, misma situación. Me quedaba sin opciones y ya me llamaran del colegio para recordarme que mi hijo seguía allí. Durante la espera pude comprobar que la huelga feminista era el tema del día. Todos estabamos igual de vendidos: huelga masiva en la empresa privada, seguimiento total en organismos públicos, las comunicaciones de concentraciones y manifestaciones se contaban por cientos en toda la provincia...

Cuando conseguí recoger a Mateo me llamó mi padre. La abuela ejercicía de activista feminista y, por lo visto, mi deber como hijo era pasar a hacer la comida. En su bar de cabecera, la cocinera no se había presentado. Mientras comimos cortaron la calle para la manifestación y tuvimos que volver a casa andando.

Al llegar, más sorpresas. En el ascensor una nota de la presidenta invitaba a secundar una cacerolada reinvindicativa. En casa, un par de cojines habían explotado, el perro no estaba pero mi mujer no había limpiado y  en la pizarra estaban las tareas domésticas para Corresponsable y Corresponsable Jr. Mi hijo no entendía nada, estaba tan sobrepasado como yo, pero en cuanto llegó su hermana lo puso al día. Pilló un disgusto terrible: se había perdido la última huelga feminista porque si pides algo y tienes razón te lo dan y ya no vuelves a pedirlo. Para compensárselo le pusimos los especiales sobre las manifestaciones antes de que la tele se "fuera a violeta" y salimos al balcón cacerola en mano.

Sobre Marián Álvarez

Lo de Relaciones Laborales fue vocación. Las personas, devoción.

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