Quiérete y huye de la mediocridad

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“Siempre hay una gran demanda de la mediocridad fresca. En cada generación, el sabor menos cultivado cuenta con el mayor apetito”.    Paul Gauguin.

El diccionario de la RAE define mediocre, en su segunda acepción, relativa a las personas, como aquella que “no tiene un talento especial o no tiene suficiente capacidad para la actividad que realiza.”

Bien, permitidme que primero haga una breve descripción de algunos rasgos que caracterizan habitualmente a los mediocres. Después, procuraré terminar con un mensaje constructivo y que pueda servir de aliento a quien pueda haberse sentido aludido, pues mi intención siempre es meter el dedo en la llaga no para fastidiar, sino para invitar a una sincera autorreflexión que ayude a cada cual a crecer.

En primer lugar, tenemos al “mediocre puro”. Suele tratarse de un individuo carente de ambición, resignado a una gris existencia, cuyas aspiraciones no van mucho más allá de la mera supervivencia. Son aparentemente inofensivos, pero en muchos casos llevan en su interior un poso de resentimiento y envidia hacia quienes puedan demostrar una mínima brillantez, pues se sienten amenazados por todo y todos los que de un modo u otro pudieran trastocar su triste zona de confort, ya que las múltiples inseguridades y el carácter pusilánime les define.

En segundo lugar, el “mediocre tiranuelo”. Se trata de un individuo conocedor de sus limitaciones, pero que no pone su empeño en desarrollarse sanamente como persona y profesional, - dejaría de ser mediocre solo con que esa intención fuera auténtica -, sino que procura medrar a cualquier precio, comúnmente por atajos sembrados de mentiras y pelotilleos, intenta convertirse en imprescindible no por su valía, obviamente, sino porque está dispuestos a venderse y arrastrarse por el fango con tal de alcanzar su meta. Es tenaz y paciente, sabe que no destaca pero que su oportunidad llegará, y el resentimiento no es solo un poso, sino su motor.

El verdadero problema de esta clase de mediocre se da cuando alcanza su meta, su puesto soñado en el que tiene alguna cuota de poder. Ni por asomo se plantea entonces un “renacimiento” integral de su persona, sino que satisfecho por haber logrado su propósito de un modo reptiliano, insiste en su estrategia carente de valores para perpetuarse en su poltrona. Se rodea de acólitos que no puedan hacerle sombra, cuya mediocridad sea mayor y más pura, pues sabe que el puesto le queda grande, y da órdenes muchas veces absurdas e ineficaces, lo cual le obliga a ser despótico, le resulta más fácil hacerse temer que hacerse respetar o admirar, no soporta que se le discuta pues carece de argumentos, aunque siempre encuentra algún “cabeza de turco”, o excusas banales, o la táctica del “y tú también” para no asumir su propia incompetencia. Es un tonto peligroso, al que solo una tragedia personal o una persona a la que ame y respete como nunca antes podrán hacer que se plantee las cosas de otra manera. Difícil, mas no imposible.

Como ya he apuntado en el anterior párrafo, el mediocre deja de serlo en el momento en el que reconoce su realidad y se dispone a trabajar con humildad y constancia para poder así crecer en todos los ámbitos de la vida. Porque lo cierto es que cada persona tiene dentro de sí un potencial a explotar, pero habitualmente se queda en el tintero, bien por miedos, por comodidad, o por no tener cerca una persona capaz de ayudar a poner en acto esos talentos, que son los que definirán a la persona que se atreva a dar los pasos necesarios para alcanzar un alto grado de desarrollo.

Nunca hay que cerrar la puerta a nadie, la vida de muchas vueltas, pero sin humildad y ganas de crecer el mediocre lo seguirá siendo, aunque conduzca un superdeportivo gracias a la lotería o a sus negocios sucios, incluida la política o la prensa rosa.

Por el contrario, la persona brillante irradia luz, espera siempre lo máximo de la vida y de los demás, su transparencia agranda su belleza interior, y no es su mayor victoria llegar muy alto o tener mucho capital, sino llegar a lo profundo de los corazones, donde se hallan los tesoros que no pueden comprarse con dinero.

Sobre Carmen Prada

Muy imperfecta, soy una persona normal y corriente que da gracias cada día por la oportunidad de vivirlo como un regalo, y además acompañarlo con un sueño. Los sueños me mantienen viva, porque la palabra luchadora, la llevo de apellido.

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