¿Puede ser sencillo tomar una decisión?

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¡Caray con la preguntita…..! ¿Desde cuando resulta sencillo tomar decisiones? Vale, hay decisiones que no las tomamos, lo hacemos y ya está. Hablo de decisiones del tipo qué como hoy o si giro a la derecha o a la izquierda en una calle. 

Es como si un bicho interior se pusiera al mando de operaciones y eligiera por nosotros, porque no resulta importante. Pero cuando hablamos de temas que sí nos afectan, temas que requieren una profunda reflexión, la cosa cambia. Le damos a la cabecita cosa mala, manoseando una y otra vez la idea original buscando cualquier resquicio que se nos haya podido escapar y llegando a todo tipo de soluciones posibles hasta concluir después de mucho devaneo mental que estamos como al principio, sin tener nada claro en absoluto. Y eso nos desequilibra. Perdemos la sensación de control que tanto nos gusta tener en cada momento del día y nos convertimos en hojas mecidas por un viento que nos toca las narices a dos manos. Ya no te digo si la resolución es de más de un tema. Ahí sí que no sabemos como empezar ni por donde. ¿Tan difícil es? Queridos amiguitos. Más que difícil, es nuevo. Y las novedades no sabemos por dónde cogerlas al principio. Cuando hablo de novedad me refiero a que siempre hemos utilizado las mismas herramientas a la hora de solventar cualquier problema. En ocasiones hemos conseguido el objetivo deseado pero llega siempre un día donde por mucho que hacemos “lo de siempre” no llega el resultado. Dar vueltas a un problema solo lo marea, al problema y a ti. Tendemos a crear una línea argumental de algo inexistente que transforma cualquier piedrecita en lo más parecido al Everest y el vértigo que nos entra es tremendo. Entonces llega el miedo. Tememos equivocarnos, tememos las consecuencias, tememos no estar preparados para afrontarlas, tememos no estar a la altura de las mismas. Y ese miedo nos acogota y nos impide actuar regresando al punto de partida. Ojalá existiera un elixir mágico que al tomarlo nos clarificara la mente o, mejor aún, nos permitiera ver el futuro inmediato. Así no nos equivocaríamos . Ahí llega nuestro primer error conceptual ya que es a través del error como aprendemos. Equivocarse es un maestro maravilloso e indica una cosa: tomaste una decisión. Ese hecho ya de por sí debería hacerte sentir orgulloso de ti mismo, dejando a un lado si el resultado fue el que querías o no. Pero claro, somos resultadistas. ¿Como conseguir el resultado que queremos a la hora de tomar una decisión? En primer lugar debes plantearte si es un resultado factible o no. A veces esperamos cosas que sencillamente no pueden suceder en este momento. No digo que sean imposibles porque parto del hecho que imposible no hay nada pero si es complicado que ahora puedan ocurrir. Y lo sabes. Pero aún así decides elegir ese resultado como el único posible y la decepción es aún mayor cuando no llega. Para cada problema no existe una única solución. Además, por mucho que barajes diferentes posibilidades, siempre habrá alguna que se te escape y has de estar mentalizado de eso. Lo único que realmente puedes controlar en cualquier decisión que tomes es la acción de actuar sobre el problema. Decides que hacer. Pero no tienes control ninguno sobre el resultado final por muy claro que pueda parecerte en un principio. ¿Y cuando hay más de un problema que resolver a la vez? Primero, se te caerá el mundo encima, como es natural, tendrás esa reconocible sensación de no poder con nada  que el mundo está en tu contra. Una vez tomes unos minutos en compadecerte (unos minutos y ya está. Es tentador quedarse en ese punto pero no te lo recomiendo en absoluto ), plantéate la situación como un todo formado por partes y cada una de las mismas requiere un tratamiento específico y diferente. Tratar de abarcar lo todo al mismo tiempo no es viable, aparte de doloroso. Así que céntrate en un punto concreto. Aparca los demás y centra toda tu atención en ese punto. Lo primero que conseguimos haciendo esto es empequeñecer el global, ese todo tan gigantesco que nos acogotaba. Por ahora sólo existe un pequeño problema al que debemos poner solución. Analizalo y toma una decisión. Actúa. Las consecuencias de tu elección ya llegarán, pero ya has puesto el torno en marcha. Ve por la siguiente parte de tu todo gigantesco y actúa de igual manera. Y antes de darte cuenta tu problema enorme se ha transformado en pequeños problemas sobre los que estás actuando. Sin una acción nuestra no puede haber una resolución final. Todo pasa por este hecho y es importante que seas consciente de ello porque a veces creemos que ignorando aquello que nos preocupa desaparecerá por si sólo. Y va a ser que no. Ahí seguirá, acompañandote como una pesada mochila hasta que tomes cartas en el asunto.  Cualquier tipo de decisión que debamos tomar es una incógnita total. Nada ni nadie nos garantiza que obtendremos lo que pretendemos. Pero ten por seguro que actuando, llegará un resultado. Y si no te gusta, te hará más sabio. En sucesivas ocasiones (porque estate seguro que habrá más) podrás elegir de otro modo basándote en tu propia experiencia. ¿Es sencillo decidir? Si. Lo difícil es saber que acertaremos al hacerlo. Pero tranquilo, tienes toda una vida para afinar la puntería… 

Sobre Óscar Montejo

Soy una persona apasionada por el crecimiento personal y a partir de mi propia experiencia trato de ofrecer un enfoque diferente a todos aquellos que puedan necesitar un cambio vital y no sepan por dónde empezar. 

 

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