Procasti...¿Quéeeeeee?

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“Deja para mañana lo que puedes hacer hoy”

-Popular muy extendido-

Imagina que estás en situación de entrevista de trabajo, imagina que te hacen la típica pregunta relacionada con tus puntos fuertes e imagina que tú, hinchando el pecho, seguro de ti mismo, respondes eso de… “trabajo muy bien bajo presión”.

Es cierto que ser capaz de mantener el control para trabajar bajo presión es una de las competencias personales más valoradas en el mundo laboral, pero esa respuesta, que en principio podría parecer perfecta, puede jugarte una mala pasada si es interpretada bajo otra perspectiva. Porque realmente, ¿qué es lo que quieres expresar con esa respuesta?

Opción A: “Estoy acostumbrado a trabajar a diferentes ritmos y con diferentes intensidades”

Opción B: “Soy capaz de controlarme para rendir al máximo ante imprevistos”

Opción C: “Lo dejo todo para el final y no me queda otra que terminar siempre el trabajo con el tiempo pegado al cogote”

Si tu opción es la “C”, desengáñate, no es que trabajes bien bajo presión, es que eres un procrastinador de libro, es decir, una persona que lo deja todo para el final, una persona que retrasa aquellas actividades a las que tiene que atender de forma prioritaria y las sustituye por otras que le proporcionan más satisfacción, le gustan más o, simplemente, las deja para el final mientras se sienta sin hacer nada.

Pero claro, resulta que el tema es que “nos gusta trabajar bajo presión”, que es la excusa perfecta de aquellos que sufren ese problema, cuando en realidad no es cierto. No nos gusta y además somos conscientes de que en esas condiciones corremos el riesgo de cometer más errores.

Cierto es que todos nosotros hemos postergado actividades a lo largo de nuestra vida (sacar un billete, finalizar un informe, ir sin prisas a la estación para coger un tren, comprar un regalo…) pero una cosa es hacerlo de forma puntual y otra muy diferente convertir esa conducta en una constante en la vida.

Porque en el segundo caso, y dejando aparte posibles trastornos psicológicos que motiven esa postergación de actividades, lo que hay de trasfondo es un problema de autorregulación, una muy mala organización del tiempo, y en algunas personas una baja autoestima y un asunto de evitación por miedo al fracaso o por escaso interés en aquello que se está postergando, etc.

Pero lejos de favorecer la concentración, realmente lo que ocurre es que la persona que posterga los asuntos pendientes, queda expuesta a contratiempos de última hora que le provocarán un estado de ansiedad que, a su vez, empeorará el resultado final del trabajo. Fallos informáticos inesperados, órdenes o tareas urgentes asignadas a última hora, dificultades en el tráfico que impedirán llegar a tiempo para coger el tren, etc. son factores con los que se debería contar a la hora de planificar las acciones que debemos acometer y que reducirían el riesgo de postergar “sine die”.

Por ello, debemos desaprender esa forma de trabajar o de enfrentarnos al trabajo y comenzar a desarrollar la idea de que es posible concentrarse sin que el pánico actúe como motor de la acción y aprender una nueva secuencia que haga más fácil alcanzar el objetivo de finalizar la tarea con tiempo suficiente y sin que nos genere ansiedad.

Para ello podemos seguir los siguientes pasos:

  1. Reduce o elimina todo aquello que pueda distraerte: el móvil, las redes sociales, la lectura del correo electrónico, el libro interesante y que tienes a punto de terminar y que está sobre tu mesa de trabajo...
  2. Desglosa el objetivo final en pequeños objetivos secuenciales y fáciles de realizar en poco tiempo. Muchas veces lo que cuesta es dar ese primer paso porque no se sabe por donde empezar. Tener claras esas pequeñas tareas reduce la resistencia a hacerlas.
  3. Planifica una pequeña porción de tiempo diaria para acometer esa actividad. Comienza la tarea y cuando pase el tiempo establecido, déjala. Así comenzarás a establecer rutinas y a perder miedo a la propia actividad.
  4. Establece fechas límite para cada uno de esos objetivos. Ya que como buen procrastinador disfrutas con la recompensa inmediata, sentir esa recompensa por alcanzar cada una de esas metas te ayudarán a finalizar el trabajo.
  5. Aplicar la regla de los “pocos minutos”. Esto quiere decir que si tienes una tarea que te va a llevar cinco, diez o quince minutos, no la dejes para más adelante. Hazla y la eliminas rápidamente de la lista (hacer esa llamada molesta, recoger la cocina después de comer, despejar el escritorio para trabajar más cómodos…)
  6. No hagas nada si no estás haciendo lo que debes hacer. Quiero decir que no refuerces el hacer otras cosas. Simplemente no hagas nada si no estás haciendo aquello que tienes que terminar, que tienes que hacer, que tienes que comprar.... Párate y no hagas ninguna otra cosa: no consultes la red social, no mires fotografías, no busques información con la excusa de que te es necesaria…
  7. Planifica una recompensa para el momento en el que hayas finalizado la tarea.
  8. Y lo más importante, toma consciencia de que el “mañana lo haré” es tan solo una estrategia para no hacer aquello que tienes que hacer.

Y no vayas a pensar que la procrastinación es una cualidad positiva. No te engañes, no lo es. Al contrario, pone en serio peligro tu productividad y esto puede resultar muy grave en el ámbito laboral. Así que recuerda lo que Benjamin Franklin dijo:

“Nunca dejes para mañana lo que puedes hacer hoy.”

Sobre Felipe J. García Pérez

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