Por un puñado de títulos

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Integridad, esa cualidad que tanto escasea en estos días, se hace hoy especialmente relevante entre la clase política, esa que tendría que abanderar la honestidad y el respeto, poner al servicio de los ciudadanos la dedicación de su trabajo, realizado con el mayor rigor y la esmerada firmeza.

La opinión pública pone el grito en el cielo cuando algún periodista, con escaso miedo a las críticas y mayor pasión por su trabajo, destapa escándalos de origen extraordinariamente vanidoso, y se arriesga a que intrépidos actores de la falacia, pongan en duda su labor y su rigurosidad periodística.

Y es que siempre nos gustó aparentar más que ser, es condición humana. Ya no nos molestamos en aprender cosas por el interés propio del conocimiento si podemos enmascararlo con redes de contactos que reinterpretan la titulitis y lo elevan a otro nivel de acción, el postureo.

En un momento donde las grandes corporaciones hablan de habilidades, capacidades y competencias, algunos siguen creyendo que un currículo, hinchado a martillazos con títulos universitarios, imprime mayor respeto, eleva su caché y demuestra tener, lo que a falta de ser demostrado quizás no posea.

Pero no es cuestión de sectores, clases o profesiones, la verdadera realidad que abarca a la inmensa población de personas trabajadoras, es la mucha magia que aplicamos en nuestra historia curricular, que es capaz de convertir un curso en San Severin del Monte en un máster de Stanford University.

Y es que muchas veces no somos conscientes de que el refranero popular no está falto de razón, y el “dime de que presumes y te diré de que careces” o “se coge antes a un mentiroso que a un cojo” cobra especial sentido cuando realizas un proceso de selección. En mi profesión he llegado a ver casos especialmente increíbles, vidas completamente inventadas al servicio de la embaucación, pensando ilusamente, que nadie será capaz de descubrir nunca que su mejor cualidad se convierte en su mayor enemigo.

Y no sé si seré un bicho raro cuando pienso que la brutal competencia profesional, hace que tengamos que pasar años y años estudiando, de hecho, ya existe un porcentaje nada desechable de la sociedad que posee más de una carrera universitaria, acompañada de algún que otro master, sin olvidar el concepto tan generalizado de la formación continua que hace que nunca dejes de estudiar, cuando la verdadera y genuina riqueza de un profesional, a menudo está al margen de los títulos,  relacionada más con las competencias forjadas a lo largo de la vida, que se van sumando a la  codificación inicial plasmada por los genes.

Y es que quizá falta equidad, la justicia social también pasa por exigir a los que nos representan un mínimo nivel de profesionalidad, honestidad y conocimientos , acordes con la responsabilidad que van a ejercer, tal y como se hace en la empresa privada, esa que por otro lado, es la que se encarga de aportar riqueza a un país.

María C. Melero

@antesalarrhh

www.antesalarrhh.com

Sobre María C. Melero

 
Profesional de RH, con más de 20 años de experiencia dirigiendo personas en diferentes entornos.
 
Soy Licenciada en Ciencias del Trabajo, Diplomada en Relaciones Laborales y Postgrado  en Dirección y Gestión de personas.
 

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