¿Pero qué estás buscando en esta vida?

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Hace unas semanas Héctor Trinidad compartió conmigo su segundo libro “Vivir para servir” y comentando su visión entre mis círculos familiares y de amistad tuve una conversación que caló en mí y puede dar cuerpo a esta gran idea de cambio.

Como comento, hace unos días conversaba con mi amigo Alberto. Es un cirujano maduro, de esos que ya se asustan con pocas cosas en el quirófano y cada vez se asustan más con lo que le cuentan sus pacientes y sobre todo con lo que le piden sus jefes. Me decía que él había sido educado en un ambiente de gran exigencia personal, donde la competición consigo mismo y sobre todo con los demás era el eje vertebrador de sus estudios. Desde pequeño estar entre el 5% de los mejores era el objetivo irrenunciable. Del 5% con las mejores notas, del 5% que mejor jugaba al futbol y si te descuidas del 5% que mejor le daba a las canicas (casi me tuvo que explicar que era eso de las canicas, yo soy de la era digital…).

¡Y lo consiguió muchas veces! Consiguió la mayor parte de las metas profesionales que se había propuesto. Un buen empleo, una buena retribución y unos bienes que le proporcionaban una vida cómoda y satisfactoria…o no!

Alberto hace años que dejó de competir, al menos con los demás. Sigue compitiendo consigo mismo, pero no para alcanzar unas metas materiales. Ahora compite por hacer las cosas bien y según él, ese objetivo es muy difícil pero muy satisfactorio.

Podréis decir que un profesional acomodado y con trabajo fijo puede dedicarse a filosofar y a buscar las raíces de la satisfacción inmaterial, pero su forma de ver las cosas tiene poco de inmaterial y mucho de pragmatismo.

Desde luego si tu objetivo profesional es hacerte rico y comprarte una gran mansión, un gran coche (o dos), el yate y todos los demás accesorios, lo más probable es que seas un desgraciado el resto de tu vida y dejes de disfrutar de todas las satisfacciones que el trabajo te puede proporcionar. ¿Cuantos de nosotros tendremos una casa de las que salen en los documentales de la tele? ¡Acepto apuestas!

¿Hacer las cosas bien? Cuando llevas unos cuantos años en el barro del ejercicio profesional y ya has cambiado unas cuantas veces de empleo, de compañeros y de jefes, aprendes a relativizar las cosas. Permanentemente te presionan para conseguir unos objetivos cada vez más ambiciosos con unos medios cada vez más reducidos (hay que ser eficiente y reducir costes). Y si te dejas los cuernos y lo consigues tus jefes estarán seguros de que puedes dar más, así que al año siguiente puedes estar seguro de que aumentarán el nivel de exigencia y reducirán tu margen de maniobra. ¡No solo eso! Te habrás convertido en ese empleado odioso que ponen como ejemplo a todos los compañeros que no han alcanzado los objetivos establecidos y serás el elemento a batir en los próximos meses.

Estas situaciones laborales son muy frecuentes y conducen a un ambiente de trabajo enrarecido y hostil. Es posible que te vayas de cervezas con los colegas en Navidad, pero atento a que no te pongan veneno en la caña…

La competencia enloquecida te obliga no solo a ser el mejor, sino también a intentar que los demás sean peores que tú. Las zancadillas, la ocultación de información, las mentiras y las maledicencias de pasillo vuelan como cuchillos entre sonrisas de plástico. ¡Y en este ambiente florece la insatisfacción, la “depre” y el Prozac!

Mi amigo me insiste, con un gesto de seguridad que me aplasta, que hay que recuperar la satisfacción del trabajo bien hecho como una parte importantísima de la retribución laboral. Y dentro del concepto “trabajo” se incluyen las relaciones interpersonales que en la medida de lo posible deben acercarse más al techo de la amistad que al pozo del competidor.

Llegar pronto al trabajo, saludar a la señora de la limpieza y agradecerle lo limpio que está el suelo y lo bien que huele la oficina. Estrenando sonrisas cada mañana. A veces hay que insistir, sobre todo si el compañero es de esos que por la mañana tiene pegada el alma, pero al final todo el mundo devuelve sonrisas y amabilidad. Todos necesitamos una palmadita en la espalda y sentirnos útiles e importantes.

Hacer bien el trabajo, dedicándole el tiempo necesario, rematando los detalles, disfrutando del producto, como un artesano. Casi nunca el premio material compensa el esfuerzo. Si no consigues satisfacción del propio esfuerzo siempre te vas a considerar mal pagado.

Acuérdate de ofrecer a los demás un café cuando vayas a prepárate uno. Quizás alguien te agradezca el gesto, incluso es posible que uno o ninguno te correspondan en el futuro. Pero es muy agradable sembrar un ambiente cordial a tu alrededor con detalles de servicio y empatía. ¡No esperes una ronda de aplausos y tres hurras! Debería recompensarte tu gesto en sí mismo.

Espíritu de servicio, capacidad de sacrificio, cumplir con la obligación más allá del deber, perfeccionar el trabajo por encima de lo que te exijan… parecen lemas decimonónicos, pero son la base de la satisfacción laboral (incluso de la personal dice mi amigo).

Durante la conversación que mantuvimos yo intenté contraatacar. Mira Alberto si te comportas así, lo normal es que tu espíritu de servicio sea calificado de servil, tu capacidad de sacrifico de “pringado”, la obligación generosa de que eres un pelota del jefe y tu perfección en el producto final de que eres un “puñetas”. Lo normal es que mucha gente intente aprovecharse de ti y otros muchos te vean como un competidor peligroso.

Mira Nieves, me respondió, en toda comunidad hay un porcentaje de personas tóxicas, pero no puedes tratar a todo el mundo de entrada como si fuera el enemigo.

Alguien debe dar el primer paso para convertir el trabajo, un entorno en el que pasas mucho tiempo y que condiciona una parte importante de tu vida, en un lugar amable, de colaboración, de satisfacción en la labor realizada y en las relaciones interpersonales. Algunos se subirán al carro que tu intentas construir y otros meterán palos en sus ruedas. Aquellos serán tus compañeros y quizás tus amigos y estos serán apartados del calor del hogar y metidos la sala de cuarentena.

Lo que resulta irrenunciable es intentar que el trabajo sea algo más que el modo de conseguir un sueldo a final de mes. Puede ser un lugar de crecimiento y desarrollo personal. Dependerá de muchos factores, pero tu actitud personal no puede ser el límite.

Con éste artículo espero aportaros un poquito de motivación y animaros a intentar crear un buen ambiente a vuestro alrededor, en casa haciendo la cena, en el trabajo entregando un informe, en el bar agotados por una dura semana o en el gimnasio quemando ese maldito polvorón que aún nos persigue. No es una tarea fácil, desde luego que no, pero Héctor está aquí para echarnos un cable y gracias a su libro “Vivir para Servir”, contamos con una gran guía para lograr cambiar el mundo. ¿Te apuntas?

Sobre Nieves Pérez

 

Las personas son el motor de las empresas, y los departamentos de Recursos Humanos juegan un papel vital en este engranaje con la adecuación persona-puesto. Por este motivo mis esfuerzos se centran en aportar valor, aprendiendo cada día para poder ofrecer mi mejor versión. 

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