Pedir ayuda: ¡ese gran tabú!

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¿Cuántas veces habremos visto a otras personas que se encuentran en verdaderos atolladeros por no haber pedido ayuda a tiempo a profesionales especializados?

Me refiero a problemas de todo tipo: financieros, fiscales, de organización, comerciales, emocionales, personales, etc.

Sin ir más lejos ¡yo he sido uno de ellos!

No me avergüenzo al reconocerlo, si esa experiencia le puede servir de aprendizaje a otros. Por lo menos a mí me ha servido…

Cuando tuve mi propia pequeña empresa, más de una vez me creí lo suficientemente autosuficiente como para no pedir ayuda en algunos temas que, cuando el mal ya estaba hecho, pude comprobar que “me venían demasiado grandes”. Por no hablar de mi deplorable gestión emocional en una época en la que ni yo mismo me reconocía cuando me miraba al espejo.

¿Qué nos pasa en este país que nos cuesta tanto pedir ayuda?

Pienso que se trata de un factor cultural, de creencias muy arraigadas.

En los países latinos prevalece el miedo a que nos vean débiles si mostramos nuestra vulnerabilidad, pudiéndose aprovechar otros de ello: si no sabemos casi de todo, respecto a lo que puede afectar a nuestro entorno, los demás perderán la confianza en nosotros.

¡Craso error!

Hay un sencillo argumento que desmonta esta absurda teoría: es materialmente imposible que las personas sepamos todo de todo.

Está ACEPTADO socialmente que llamemos a un fontanero si tenemos un escape de agua en casa o que vayamos al médico cuando detectamos un problema físico pero ¿qué pasa cuando no nos sentimos bien en nuestras relaciones con los demás, cuando estamos desorientados o angustiados y no sabemos cómo salir de ese estado?

¿Y cuándo tenemos problemas profesionales en aspectos que, según otros nos dicen, deberíamos dominar, pero no es así?

En el terreno personal se continúa oyendo eso de que “el mejor psicólogo es un buen amigo”, lo cual sabemos que no es cierto por la falta de neutralidad y objetividad que se dan en las relaciones de amistad, pero yo creo que hay una importante componente de MIEDO a probar cualquier tipo de acompañamiento o de terapia: el miedo a que los que se enteren de que lo hacemos piensen que estamos LOCOS, porque existe un gran desconocimiento de la diferencia que hay entre los trastornos emocionales y los mentales.

En cuanto al ámbito profesional nos encontramos que, desgraciadamente, SABER DELEGAR es una competencia que se encuentra poco valorada en nuestra sociedad y, en muchas ocasiones, ni siquiera se hace un buen uso de ella, confundiéndola con PASARLE EL MUERTO A OTRO, que es algo totalmente diferente.

Delegar es adjudicar una tarea a la persona que esté mejor capacitada -y dispuesta, me atrevo a añadir- para llevarla a cabo con las mayores garantías de éxito, lo cual es muy distinto a derivar trabajos a los subordinados sin tener en cuenta si son las personas más adecuadas para realizarlos.

Hecho este pequeño inciso, voy a continuar con el tema inicial.

¿Cómo podemos revertir este hábito de no pedir ayuda hasta que la situación ya es prácticamente irremediable?

En mi opinión, se debe hacer un esfuerzo de educación en diferentes ámbitos dirigido a promover la cultura COLABORATIVA (se están haciendo movimientos en este sentido, pero aún estamos a años-luz de otros países) y, si nos centramos en el terreno empresarial y de emprendimiento, tienen una gran importancia al respecto los centros, organismos y profesionales que proporcionan programas de formación en este sector.

Considero que no es del todo acertado que se intente convencer a los futuros emprendedores y pequeños empresarios de que, prácticamente, no solo tienen la obligación de “saber de todo” lo relacionado con la gestión de sus negocios o proyectos profesionales, sino que deben ser auténticos EXPERTOS autosuficientes en todo ello.

Esa es la impresión que me han dado los planes formativos al respecto por los que he pasado.

Entiendo perfectamente, porque lo he vivido, que cuando alguien empieza un nuevo proyecto empresarial no se tengan demasiados recursos para contratar a profesionales que te ayuden en muchos de los temas que implica trabajar por cuenta propia, pero también me parece absurdo pretender que, personas que generalmente han sido empleados por cuenta ajena, aprendan en pocos meses todo lo que hay que saber  sobre la gestión empresarial: finanzas, contabilidad, planes de negocio, publicidad, marca personal, redes sociales, captación y fidelización de clientes, ofimática, análisis de mercados, gestión de proveedores, control de calidad, etc.

Y todo eso sin volverse locos y manteniendo la mejor actitud porque, además, ¡también se les “entrena” en GESTIÓN-EMOCIONAL-EXPRÉS!

¡Bárbaro!

Se pretende conseguir, a pequeña escala, lo que ni siquiera se da en los niveles más altos del empresariado, donde la formación en dirección de empresas dura varios años y en la que, evidentemente, se fomenta la capacidad de saber delegar tareas en las personas más adecuadas.

Evidentemente que la disponibilidad de recursos económicos es un factor a tener en cuenta pero ¿es que acaso los humildes emprendedores y los pequeños empresarios tienen que ser auténticos super-cerebros, tremendamente más versátiles que las grandes figuras de las multinacionales, pero para ganar infinitamente menos que ellos?

Sinceramente, a mí me parece una aberración. Y no solo por la desigualdad en los posibles beneficios, sino por la enorme presión y los tremendos esfuerzos (emocionales y mentales) a los que están sujetos aquellos que ven, en el auto-empleo, su única salida laboral hoy en día.

Estoy convencido de que, sin multiplicar las inversiones que se destinan a estos colectivos, solo redirigiéndolas hacia otras iniciativas, se pueden mejorar los resultados sin generar las dinámicas con las que se consigue un alto grado de frustración entre los que fracasan, al reforzar aún más ese efecto tan dañino que era el tema inicial del artículo: el miedo -o el rechazo- a pedir ayuda cuando las cosas que hacemos no funcionan, simplemente porque nos hemos creído que tenemos que ser SUPER-EMPRESARIOS.

Sobre Chema Montorio

Me apasiona que las personas descubran sus verdaderos potenciales y los hagan brillar, para su propio beneficio y el de los demás, contribuyendo al aumento de su auto-confianza y mejora personal.

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