Maldita esperanza

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La Real Academia Española define “esperanza” como el “estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea”, entre otras definiciones aplicadas a diversos campos. Asimismo, se especifica que se trata de una palabra derivada del término “esperar”, lo que nos hace entender la esperanza como aquello que sucede en nuestro interior cuando esperamos algo o a alguien.

Hay multitud de ámbitos de la vida en los que la esperanza se acepta como positiva e incluso necesaria. Si pensamos de manera general en el devenir de nuestras vidas, todos y todas deseamos, “esperamos”, que el destino nos trate bien. Cuando vamos a tener un hijo, esperamos que nazca sano; cuando nos enamoramos de alguien, esperamos que ese amor sea correspondido; si nos van a someter a una operación esperamos que sea un éxito y si es un familiar o amigo quien tiene problemas graves de salud, esperamos que se cure. Esperamos que nuestro avión no se estrelle, que nuestro tren llegue a tiempo, que nuestros hijos lleguen a casa, que no nos pase nada malo cuando salimos de casa…

Como vemos, la esperanza en nuestro día a día, a niveles más terrenales o más místicos, se hace necesaria para no perder la cabeza dejándonos llevar por el amplio número de miedos existentes frente a los posibles peligros que la realidad nos puede traer, algunos más probables que otros. Sin embargo, ¿qué sucede con el ámbito laboral? ¿Es igual de sana la esperanza a la hora de buscar trabajo que en las demás facetas vitales?¿Puede la esperanza, en su sentido más amplio, ayudarnos en ese sentido? Para contestar a estas preguntas, debemos hacernos otra: ¿qué tienen en común todos los ejemplos que he mencionado antes en los que el hecho de esperar que todo salga bien nos mantiene sanos mentalmente?

Efectivamente. Como ya te habrás percatado, dichos ejemplos se refieren a sucesos vitales, de mayor o menor importancia y naturaleza, que cuentan con una característica común: el resultado no depende de nosotros. Una mujer embarazada puede intentar llevar una vida sana, pero su impacto en el nacimiento óptimo del bebé es limitado.  Si alguien se enamora de otra persona, podrá intentar atraer su atención, pero no podrá decidir que la otra persona corresponda su amor de la misma manera. Mientras estoy anestesiado, no podré influir en el resultado de mi operación, así como tampoco podré hacer que mi amigo se cure de su enfermedad ni podré dar órdenes al avión en el que voy para que no tenga un accidente (por muchos dioses a los que rece).

En todos estos casos en los que no podemos hacer nada, o lo poco que podemos hacer supone más una agradable (y falsa) sensación de control de la situación por nuestra parte que una influencia real sobre los hechos, la esperanza se convierte en el mecanismo que nos permite seguir viviendo con normalidad. Sin embargo, a menudo me pitan los oídos cuando escucho algunos de los consejos que, con muy buena voluntad en la mayoría de los casos, se da a las personas en situación de desempleo: “ten paciencia que todo llega”, “no pierdas la esperanza” o “espera tu oportunidad” son frases que, seguramente sin intención, inducen al desempleado a usar el mecanismo de defensa destinado a situaciones en las que no pueden hacer nada, en una situación en la que lo tienen que hacer prácticamente todo.

En este caso sí estoy seguro de que la esperanza, en su sentido más etimológico de “esperar algo”, es perjudicial para la consecución del objetivo. La búsqueda de una actividad que nos proporcione ingresos económicos debe partir de la propia persona y ser pensada, planificada y llevada a cabo por la propia persona, dejando dormir a la esperanza en la habitación más pequeña de todas, aquella destinada a la única decisión en todo el proceso que no depende de nosotros: que el empresario nos contrate o que el cliente “nos compre”. Es ahí, al final del proceso, cuando llega el verdadero momento para “esperar”, pero es un momento muy pequeño, por lo que queda latente que la esperanza en la búsqueda de empleo tiene un recorrido muy corto.

Actuar, vivir, adelantarse, planificar, vencer, salir, jugar, probar, fracasar, resurgir, andar, hablar… Son solo una pequeña parte de los verbos que deben estar implicados en el proceso, todos ellos más adecuados que la que ya propongo como palabra tabú en la búsqueda de empleo: esperar.

Sobre Adrián Infante

Quiero hacer que las cosas funcionen, trabajar con personas y ejercer de elemento que engrase los engranajes para que la maquinaria avance. Quiero tomar decisiones, consultar, preguntar, escuchar opiniones y dar la mía.

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