Los retos de la Cuarta Revolución Industrial a los sistemas de educación y formación

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Desde la publicación en 2016 del libro de Klaus Schwab titulado La Cuarta Revolución Industrial, cada vez es mayor la atención que los analistas, expertos, profesionales, directivos, medios de comunicación y el público en general, prestan a un proceso tecnológico que amenaza con cambiar nuestras formas de producir, consumir y vivir de forma nunca antes vista en la historia.

Cada vez es mayor el número de personas que se percatan del poder disruptivo de una serie de tecnologías emergentes que van a transformar el entorno económico, social y colectivo. Hay cierto temor sobre las consecuencias éticas, sobre los valores y la sociedad de tecnologías como la inteligencia artificial, el internet de las cosas o la robótica. Algunos debates van más allá y tratan de identificar el impacto de las tecnologías sobre la inclusión social, la actividad delictiva o los puestos de trabajo que podrán sobrevivir y los que se van a crear, entre otras cuestiones. Lo cierto es que tenemos que prepararnos para la cuarta revolución industrial y hay que hacerlo ya. 

No hay mucho tiempo, porque el ritmo del cambio de las tecnologías disruptivas es rápido, intenso y de alcance, lo que obliga a empresarios, empresas y responsables políticos a impulsar reglas, normas, técnicas e infraestructuras  para atender tecnologías que ya no son tan nuevas, por cuanto llevan entre nosotros al menos una década. La sensación que se tiene es que, de algún modo, podemos estar llegando tarde y que la actuación a emprender es de tal dimensión que no queda tiempo.

Por ejemplo, el proceso de digitalización de las empresas avanza rápido. Los desajustes de competencias aparecen por doquier. Los puestos ofertados reclaman unas habilidades digitales que los trabajadores no poseen. Y viceversa, los sistemas de educación y formación no acaban de organizar una oferta adecuada a las exigencias del tejido productivo. Aunque las tecnologías ya están aquí, acceder a las mismas resulta problemático por cuanto la evolución de los sistemas de formación y educación no se produce al mismo ritmo que el cambio tecnológico.

El temor a que no se pueda sacar el máximo provecho de las fuentes de riqueza asociadas a las nuevas tecnologías, ya ha comenzado. Cada vez se extienden más las opiniones pesimistas, que sostienen que la pérdida de empleos será masiva y que las máquinas dotadas de inteligencia artificial no se detendrán solo en los empleos protocolizados y centrados en tareas simples. Lo cierto es que tanto en un caso, como en otro, lo que no es posible es permanecer quietos. Corresponde a todos promover una adaptación continua al escenario tecnológico que se abre ante la humanidad y hacer todo lo posible por estar allí, en las mejores condiciones posibles.

Cada vez se extiende más la sensación que ya se ha reflexionado suficiente sobre el futuro incierto, y que con los mimbres disponibles, es preciso actuar. En los últimos años, el conocimiento científico y profesional sobre las tecnologías disruptivas que acompañan a la Cuarta Revolución Industrial se ha extendido en términos cuantitativos y cualitativos. Por ello, hay que pasar cuanto antes a la acción porque no resulta posible recrearse por más tiempo en la reflexión sobre el futuro, sino que es preciso iniciar el camino para llegar a él. Y en esa aventura hacia lo incierto es posible que se cometan errores de los que habrá que aprender, e incluso que al llegar a lo que se estima sea el destino, se comprenda que todavía es necesario continuar avanzando. Pero ese es el camino y no queda otra solución.

Pensar y actuar sobre lo que se necesita en la Cuarta Revolución Industrial supone apostar por un nuevo tipo de liderazgo de sistemas, que además de conocer las tecnologías y estar familiarizado con las mismas, será capaz de gobernarlas y crear valor para las personas con su aplicación en las distintas actividades. Ese líder se tiene que construir. Un nuevo liderazgo que no dedicará su tiempo a pensar en qué se puede beneficiar él o su organización con la tecnología, sino que lo hará para diseñar la visión compartida que se necesita para que las sociedades, las economías y las personas puedan beneficiarse de estos procesos.

También se tiene que actuar sobre la manera de pensar y de actuar de los distintos colectivos que rodean el proceso de cambio tecnológico, desde los stakeholders, a los social influencers, pasando por los ejecutivos de las empresas y los responsables políticos. Sus diferentes niveles de poder, influencia y los papeles a desempeñar, significan oportunidades también distintas para gobiernos, empresas e individuos, en general.

En ese sentido, los gobiernos tendrán que abrir sus puertas de par en par e introducir nuevos modelos de gobernanza. En concreto, una gobernanza ágil que utilizando las tecnologías, como el sector privado, sea capaz de responder a las necesidades sociales con fluidez y creatividad. Los gobiernos no sólo tendrán que reflexionar sobre las regulaciones que se necesitan para afrontar los procesos, sino en estrategias nuevas de relación con los distintos sectores sociales, donde la colaboración pasará a ocupar un primer plano.

Para las empresas, la estrategia más importante es experimentar más y mejor con la gente, a la vez que se invierte en ella. Unas pruebas en las que será necesario apostar por la recualificación masiva de trabajadores y la aportación de conocimientos empresariales a todos los niveles, porque las nuevas tecnologías van a disolver los límites de las organizaciones haciéndolas más permeables y flexibles a todos los niveles. 

Por último, los ciudadanos, cuya acción más destacada será no quedarse al margen de estos cambios y elevar su voz como votantes, consumidores, empleados, integrantes de la sociedad civil y de todo tipo de organizaciones sociales, aprovechando el impacto que las nuevas tecnologías van a tener en reforzar ese papel. 

Estos cambios retan el estado actual de conocimientos, habilidades y competencias que tiene la humanidad y que se relacionan con las aspiraciones de la sociedad, las distintas visiones que se poseen del futuro y de la forma que las tecnologías lo cambiarán todo. Este reconocimiento de un nuevo aprendizaje activo conforme vamos avanzando hacia el futuro deberá servir para crear nuevas oportunidades para todos y con ello lograr que los proyectos personales de hagan realidad. Llegamos tarde. El reto que la Cuarta revolución industrial plantea a los sistemas de educación y formación de todo el mundo es formidable. En AFEMCUAL estamos trabajando en ello.

Elías M. Amor Bravo

Presidente de AFEMCUAL

Sobre Elías Amor Bravo

Presidente de AFEMCUAL, Asociación Española para el Fomento de las Políticas Activas de Empleo y las Cualificaciones. Especialista en cualificaciones y políticas activas de empleo. Director general de FP (1998-2005) y director de la Fundación FSVE (2005-2013).

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