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La herencia del amor

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Muy lindo y generoso recuerdo. Cada anécdota está tan llena de amor, aquel sentimiento vivo de una hija hacia un padre bueno, trabajador, amoroso. No sufras amiga. Vive feliz de momentos bellos y el viento secara las lágrimas. Te quiero

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¡Gracias amiga! Desde tan lejos soy capaz de sentir el calor de tu abrazo. Yo sí que te quiero a ti, un beso enorme.

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¡Hola Papi!

Hace exactamente diez días, cuatro horas y cuarenta y seis minutos que el cielo reclamó a su precioso ángel de ojos grises.

 

Te echo mucho de menos, pero no quiero que te pongas triste, aquí abajo todos estamos bien.

 

Mamá te extraña mucho, pero estamos muy orgullosos de cómo lo ha afrontado. Como ella dice, se portó muy bien en tu despedida y ahora, a los ochenta años, se ha independizado y sabe valerse por sí sola. ¡Nunca es tarde papi!

 

Fue duro para ella la verdad, pero estuvo muy arropada y cuidada así que quédate tranquilo. Sobre todo por Paula, es lo bueno de tener una enfermera en la familia. ¡Bueno, fíjate que le hacía más caso a ella que a nosotros!

 

Tus nietos también estuvieron al pie del cañón. Alba y Sara, atendiendo a todos los que iban a despedirte; y Borja, te ayudó a bajar de la Iglesia. ¡Quién te iba a decir a ti que te sujetarían los brazos de tu galleguín!

 

Quería saber de ti y contarte lo que ha pasado estos últimos días.

 

Fue todo muy inesperado, nunca nos paramos a pensar que allá arriba estarían tan celosos como para llevarte de golpe, pero puedes estar orgulloso de tu familia, lo supimos encajar con mucha elegancia y dignidad, como tú nos enseñaste.

 

Yo sé que estabas allí, viéndolo todo y fumándote un “piti” como dice Alba, así que pudiste ser testigo de lo mucho que te quería todo el pueblo. Tus compañeros de trabajo estaban muy afectados, nos contaban que eras como un padre, nada extraño puesto que son de la edad de mis hermanos. Que siempre eras tú el que los protegía y cuidaba. Es curioso descubrir tantas cosas de tu padre justo cuando ya no está para hablarlas con él.

 

Tus amigos contaban historias de juventud y tus nietos sonreían al escuchar cómo ibais por Grao tocando la guitarra y cantando. Tus compañeros, se reían con la anécdota de cuando tu jefe no te hacía caso con la hernia y te bajaste los pantalones con toda tu mala leche.

 

Sabes, se creó un clima muy curioso. Una nube de tristeza cubrió el cielo desde que te marchaste pero a la vez, se sucedían las anécdotas que dejaban muy claro que fuiste un hombre como hay pocos. Un paisano de los pies a la cabeza. ¡No, no sonrías avergonzado, sabes que es verdad! Poco a poco, con todas las visitas y las palabras de consuelo se fue construyendo la historia vital de una persona que ha dejado una huella muy profunda.

 

Como hija, es un enorme orgullo escuchar aquello que mi corazón siempre supo. Que fuiste un pequeño gran hombre. Que todos los valores que nos inculcaste están marcados a fuego en quienes tuvieron el enorme placer de conocerte. Cariñoso, amable, educado, discreto, trabajador, enamorado de su esposa, con una inteligencia privilegiada, simpático, bromista, de enormes principios… Sí, no lo digo yo, otros fueron los que así te describieron.

 

Nadie se podía creer que ya no te verían más con tu visera, tus gafitas -las tengo yo guardadas- las manos a la espalda, y ese caminar tan tuyo. Con tu sonrisa socarrona y ese brillo malvado de ojos cuando gastabas una broma.

 

A mí se me hace extraño no volver escucharte llamar amanecer a Alba, o preguntar si queremos un “cura asao” con el café. Tu ¡equilicua!, “voy ponete un gueyo morao”, o el ya famoso soniquete de Manolín “Probe vieyu cargao de fíos y con la muyer joven”.

 

He decidido que te voy a recordar con alegría. Vale que cuando veo un señorín por la calle se me nubla la vista, pero recuerdo una frase que me dijo una gran mujer que no conociste. Se llama Elena Arnaíz, ella tiene un precioso ángel y lo que me explicó fue que vosotros, nuestros ángeles, estáis dándonos fuerza, que a veces falla pero sólo es porque no escuchamos bien; así que cuando el corazón amenaza inundación visualizo estas palabras tan bonitas y abro bien los oídos.

 

Ahora que lo pienso, no dejo de recibir frases de aliento preciosas. Hoy un compañero de trabajo de Ricoh, sí lo de las impresoras que vendía antes, me dijo que quizá me sonase mal pero que intentase hacer del duelo algo bonito. ¿Viste que guapo? Y eso mismo hago. Por eso te escribo.

 

Me he propuesto recordarte con alegría. Con gratitud por haber tenido un padre como tú y disfrutarte ochenta y siete años. Porque soy lo que soy gracias a ti. A tu ejemplo. Nunca me di por vencida, esa palabra no constaba en tu diccionario. Luchando siempre por los tuyos sin importar la edad.

 

Y así te veo. En el taller cuando me dabas una Coca Cola. En casa cuando llegabas a comer y corría como una loca gritando a lanzarme a tus brazos. Paseando de tu mano por la plaza. Mirándome fijamente cuando estabas ahorrando para comprar el coche, y yo te pedía un chicle y me decías ¿el coche o el chicle?, y claro me lo comprabas, ¡no podía ser de otro modo!

 

Recuerdo la Navidad en casa de la abuela. El enorme abeto que traías del monte que llegaba hasta el techo. El musgo natural que colocabas en el Belén y como lo humedecías para que no se estropease. A ti con aquella navajita de mango de nacar, cortando cables y ensamblando las luces. Las piedras, las figuras, el papel de aluminio como si fuera un río.

 

Recuerdo los escaparates que montabas para Reyes en la tienda de la abuela. Dejabas las ventanas abiertas y se veían de noche todos  los muñecos y juguetes iluminados. Para los niños del barrio aquello era el paraíso papá, no sé si alguna vez fuiste consciente de ello.

 

Recuerdo cuando me bañabas y con la toalla frotabas tanto la cabeza que me quedaba el pelo seco, liso y moldeado. Y ojo, que este recuerdo es compartido con el número uno, el dos y la tres, no es cosa mía; así que no  me llames exagerada.

 

Recuerdo, esto entre tú y yo, cuando a mamá no le gustaba que me subiera a la moto de quien tú sabes y me decías: calla, vete y no le digas nada pero vuelve entera.

 

Recuerdo como me ayudabas con los ejercicios de física del insti. Un padre que tuvo que dejar de estudiar a los trece años para trabajar y ayudar a su madre viuda. Un hombre del Renacimiento y conocimientos de física, matemáticas, electricidad y una eminencia en historia, sin estudios. Bueno, sin papeles de esos que no valen para nada y según ellos tienes un título u otro. Un padre con un cerebro tan bien amueblado que hasta los ingenieros le pedían consejo en el taller. Y no me lo saco de la manga, no te quites importancia que parece que te estoy viendo, lo contaron con orgullo tus compas.

 

En fin, que te llevo en mi corazón. Mi pequeño ángel de ojos grises. O verdes, dependiendo de la intensidad del sol y de la luz.

 

Bueno, vamos a dejar de hablar de mí.

 

¿Qué tal tú allá arriba? Seguro que en estos diez días ya sacaste la caja de herramientas y engrasaste la puerta, le arreglaste el llavero al de la barba, dibujaste nuevas formas de nubes y le hiciste un trono de hierro al Jefe. Por cierto, hablando de jefe. Que igual ya lo has visto, pero que en Estados Unidos ganó Trump. ¡Cómo lo oyes papi! Sí, sí ese mismo. Entonces, que te digo yo, que ya que estás ahí, igual era bueno que sacases la llave inglesa del quince y le aprietes las tuercas al celoso ese que te llevó con él, porque me parece que las tiene un poco desajustadas.

 

¿Te dejan fumar? ¿Y con quién vas a tomar el vinín de tarde? Aquí abajo hay un hombre que te echa mucho en falta, después de tantos años ha sido un golpe muy duro para él. Te quería mucho papi. A ver si le puedes mandar un poco de fuerza.

 

Me acabo de acordar de una cosa y no quiero ponerte triste porque sé que me estás viendo llorar, pero ¿a quién voy a hacer de rabiar frotándole la calva? ¿Viste que tonta? ¡Me pongo a llorar a última hora como una Magdalena porque me he dado cuenta de repente que no podré volver a tocarte esa cabezuca tan brillante! Con lo que a ti te prestaba. Siempre lo mismo, años y años la misma escena: “ayyyy que cabecina tan guapa, voy a sacarte brillo” Y tú, haciéndote el ofendido “quita tonta” mientras me mirabas con cara de felicidad.

 

Bueno ya sabes que llorar es muy sano, y no pasa nada. Es bueno dejar que la melancolía brote de los ojos y caiga como ríos de desconsuelo por toda la cara. No se llora por quien no se añora.

 

Te quiero y siempre te querré. Te admiré y seguiré haciéndolo. Continuaré siendo la tu Susanina. No perderé mi sentido del humor, sobre el todo el más negro heredado de ti. Cuidaré de mamá. Y seguiré con mi vida, te lo prometo. Ya sabes por donde voy. He aprendido, o me he dado cuenta con tu imprevisto viaje, que la vida es como una bujía, como esa pequeña explosión que arranca el motor. De pronto todo puede cambiar. Espero que no hayas tenido que irte para darme cuenta de todas esas cosas que estás leyendo en mi cabeza. No se las cuentes a nadie, que queden entre tú y yo. He aprendido la última lección que me has dado y verás desde esa nube que lleva tu nombre, que agarro pico y pala y rompo esos muros. Por ti.

Cuídate mucho y dale un poco de guerra al Paisano ese de ahí arriba que me tiene muy enfadada.

 

Cada quincena finalizo mis post con una canción. Hoy como mis palabras son tuyas, la canción también. Una asturiana, de las que te gustan.

 

El Presi, “Soy asturianín”

 

 

 

Foto:pixabay.com

 

 

Sobre Susana Álvarez

Rescatadora de sueños, descubro la magia en las emociones

Profesión: Docente por formación, coach por convicción, comercial de profesión. 

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