El trabajo en el campo / Elogio la vida campestre

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Quien siembra, recoge.(Anónimo)

Inmersos en la era de la transformación digital y viviendo todavía hoy los coletazos de una profunda crisis económica y de empleo, hay quien decide decir adiós a la ciudad y trasladar su vida al campo. Unas veces por necesidad y otras por el hartazgo del día a día en la oficina, cada vez son más las personas que deciden encontrar una oportunidad en una forma de vida en la que el autoabastecimiento y la autosuficiencia forman parte de su ideal.

Mi abuelo diría: ¿pero qué dices niña? ¿¿¿es que estáis locos??? yo le contestaría... ay abuelito, no tanto...

Mi abuelo era un hombre de campo, trabajó duro y sacó a su familia adelante dedicando su vida al olivar, en Pegalajar, un pequeño pueblo de la provincia de Jaén. Su mayor preocupación era darle estudios a sus hijos para que tuvieran un futuro. Los padres siempre quieren un futuro mejor para sus hijos y en aquella época lo mejor que se podía dar a los hijos era darles la oportunidad de poder estudiar, siempre y cuando estos quisieran claro. En el caso de mi padre y de mis tíos vaya si se aplicaron, veían como cada día mi abuelo se levantaba al alba para trabajar, de sol a sol, yéndose a “Los Cuartos”, “Los Lagartos”,“Los Pradillos”, a las del “Arroyo de Bercho o a “Las 4 Hilás”. Así nombraba mi abuelo a aquellos minifundios en propiedad de los que se tenía que encargar él mismo por no dar la riqueza suficiente como para poder contratar a alguien. Mi abuela, mientras tanto, bregaba con la casa y con los niños preparando la comida e intentando llegar al aporte de calorías necesarias con platos a base de patata, legumbres y hortalizas de temporada.

Los tres hermanos estudiaron magisterio por vocación y porque en aquel momento en Jaén no se podía estudiar mucho más, estaba claro que en casa no había dinero para hacer filigranas. El campo le dio a mi abuelo mucho trabajo, unas cuantas alegrías y algunas penas. Con el paso de los años,  la edad y el traslado a la ciudad tuvo que ir vendiendo aquellas humildes extensiones. Me gusta imaginarlo solitario a lomos de su mula “Cordera” o parando a comer en alguna sombra con su sombrero, su cantimplora y la taleguilla de lazo de cuero trenzado echándose a la boca algún trozo de pan con aceite, chorizo y un poquillo de tocino.

Los tiempos han cambiado y la mentalidad también, quién lo iba a decir. Antes se huía del campo a la ciudad y ahora hay una tendencia que cambia el sentido para emprender el éxodo de la ciudad al mundo rural. Vivir de la agricultura siempre ha sido un trabajo duro, laborioso y que requiere de un esfuerzo constante. Invertir en una pequeña extensión de tierra (alquilada o en propiedad)  y aprender los conocimientos necesarios, te pueden dar (como mínimo) para vivir y además que sea una experiencia gratificante.

Las motivaciones para esta vuelta al origen son diversas, hay quien vuelve al campo atraído por cierto toque de romanticismo y modernidad, son los llamados neocampesinos. En la mayoría de los casos, ex urbanitas con estudios universitarios, atraídos por un fenómeno social migratorio, el neorruralismo, que tuvo sus comienzos allá por la década de los 60 y que hoy toma fuerza de nuevo en un intento de recuperación de los ideales en mitad de la crisis de valores en la que nos encontramos.

Hay quien busca en la agricultura o la ganadería una alternativa laboral ante la la falta de oportunidades. El turismo rural, las ecoaldeas, el cultivo ecológico o el agroturismo están en auge.

Gracias a la tecnología y a internet vivir en el campo ya no es vivir en la lejanía, en la falta de progreso o en el aislamiento.

Hay quien ve una buena opción en el campo, alejándose de la ciudad y el mundanal ruido. Optando por una una vida más saludable, y estilo de vida más relajado, encontrando la paz y el sosiego que te ofrece vivir rodeado de naturaleza.

El campo se ha profesionalizado y prácticamente todas las tareas se han mecanizado por lo requiere de menos esfuerzo aunque eso sí... de una mayor inversión. Hay grandes avances, subvenciones, planes de ayudas, seguros agrarios y modernización, no hay más que darse una vuelta por cualquier feria agrícola para darse cuenta de esta transformación.

Pienso en mi abuelo. Él que era escéptico y se resistía a los cambios, era fiel a la tradición del trabajo manual ayudado por “las bestias”. Él que escuchaba, con recelo, hablar a los primeros ingenieros agrónomos de cómo mejorar ésto o cómo cambiar lo otro para optimizar esfuerzos... Finalmente habría acabado adaptándose sin duda.

Los tiempos han cambiado (y mucho) pero lo que sí tengo claro es que el campo sigue siendo una fuente inagotable de materia prima que necesita conocimientos, dedicación, cuidado y amor por la tierra.

Hace poco más de una semana se cumplían 75 años de la muerte de Miguel Hernández, el poeta pastor. Durante algunos años vivió la dureza y fortaleza de mi tierra. Entre otras obras, escribió la letra de un himno “Andaluces de Jaén”. Me llena de orgullo y me recuerda no solo las dificultades, el sudor y el sacrificio sino también la fuerza, la dedicación y el tesón de los jiennenses y como aman, amamos, nuestra tierra.

Andaluces de jaén,

aceituneros altivos,

decidme en el alma: ¿quién,

quién levantó los olivos?

...

Dedicado a Francisco Chica Fonseca, mi abuelo.

Sobre Marta Chica

Licenciada en Psicología y de profesión Orientadora laboral.

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