El secreto del alquimista

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Vivir más de 100 años comienza a verse como algo cada vez más normal en nuestros días. Y, a medida que el hombre se va acercando a la inmortalidad, a la vez, se va acuñando en nuestra sociedad occidental un peor y más pobre concepto de la vejez. Sé, porque ya lo he preguntado, que este artículo probablemente no interesará a los más “jóvenes”. Pero estar vivo en este mundo es un proceso que transcurre en una línea ilusoria de tiempo en la que viajamos, a veces con lentitud, otras con rapidez y, en ocasiones, hasta descarrilamos; y, os puedo asegurar que es difícil tener que empezar de cero a los 50 o 60 años. Aunque, seguramente todos quisiéramos disfrutar cumpliendo años hasta llegar a conseguir crear una ancianidad sana y  productiva, ¿cómo nos estamos preparando para lograrlo?

 

Es sabido que el ser humano está compuesto, de forma unitaria, de materia y de no-materia. El primer elemento, representado por nuestro cuerpo, es el más conocido y al que más atención prestamos por ser el que percibimos por los sentidos físicos; y  una de sus características definidoras es que la materia se deteriora con el tiempo y envejece (aunque también goza de capacidad de renovación). Sin embargo, nuestra naturaleza no material, representada por nuestra mente (pensamientos, emociones, creencias, valores, sensaciones, ser...), no se deteriora y no envejece al estar constituida de energía e información; pero, su influencia en el cuerpo, sí puede coadyuvar a envejecer o a renovar nuestro organismo.

De todos es sabido que, además de la genética, la persona está determinada por sus experiencias y acontecimientos vitales. Y que no es tanto las situaciones que vivimos, sino la manera en las que  las  percibimos, lo que realmente nos influye. Así, determinados pensamientos negativos, el estrés, la depresión, el miedo y todo aquello que nos afecta disfuncionalmente, pueden acelerar gravemente el proceso de envejecimiento e incluso producir enfermedades. Por el contrario, mantener un buen estado de salud mental y saber enviar información inteligente a nuestro cuerpo, facilitará el mantenerlo saludable muchos años.

Sin embargo, para detener nuestra edad cronológica, acudimos habitualmente a intentar mejorar el envejecimiento de la materia: a los cuidados y controles médicos, a las dietas alimenticias, al deporte, que se aceptan generalmente como eficaces y, verdaderamente, son estupendos para mantenernos en forma y saludables; incluso, muchas personas prefieren coger el atajo y se lanzan a conseguir la eterna juventud directamente a través de operaciones puramente físicas, a veces, sumamente agresivas. Todo está bien, pero es insuficiente si no intervenimos también en mejorar la edad psicológica, aquella que tienes según lo que piensas y sientes; trabajar ésta  no entra tanto en nuestros planes, a pesar de que, según las últimas publicaciones, es la que más influencia tiene en el proceso de envejecimiento.

Mejorar nuestra edad psicológica es mejorar nuestra salud mental. Es conocer nuestro ser más esencial y actuar en consecuencia, es controlar y gestionar nuestros pensamientos y emociones para ayudar a reconstruir nuestro organismo y no a destruirlo, es superar la idea que la sociedad nos impone de lo viejo como acabado e inútil y como irremediablemente asociado a la muerte (por lo tanto, silenciado y oculto), es superar nuestras propias creencias limitantes del  proceso de cumplir años, es trabajar nuestras expectativas y valores, es superar el miedo a la muerte de una vez por todas y cuanto antes (miedo a morir es miedo a vivir). En definitiva,  es ampliar nuestra consciencia y, desde ese estado de consciencia fortalecida, aprender a mantener una conexión mente-cuerpo positiva y creativa,  para transformar nuestra idea de qué sea y qué se espere de eso de hacernos mayores.

La clave para la transformación hacia esta mentalidad unitaria de la persona que cumple años satisfactoriamente se basa, pues, en un cambio interno, en una paulatina preparación física y mental para disfrutar de una edad madura que, pese a las limitaciones naturales, nos permita permanecer saludables y activos. Conscientes de que, en ciertas edades, es una obligación alcanzar nuestra plenitud como personas (no nuestra decadencia), y que es más fácil aprehender en estas etapas que en otras más tiernas la verdadera sabiduría de la vida. Como dice  D. Chopra en una preciosa reflexión, convertir el plomo en oro es algo trivial pues son sólo pequeños reordenamientos de unos cuantos protones, neutrones y electrones; sin embargo, convertir las palabras te amo en una actividad sanadora para tu corazón, sí es realmente un milagro.

Querido lector, no olvides que, en cualquier edad, siempre quedan secretos íntimos por destapar. Y que la ancianidad es una época propicia para entender y vivir los últimos reductos ocultos, para re-descubrir plenamente tu ser atemporal, y darte cuenta al fin  que deja de tener sentido buscar fuera la inmortalidad... pues ya la tienes.

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