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De mayor quiero ser un perro verde

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Ya al poco de nacer se nos asigna un nombre. Podría ser uno cualquiera de entre millones de nombres. Lo cierto es que recibimos uno y a partir de ahí se convierte en nuestro primer sello de identidad no elegido. 

Durante nuestra infancia, en algunos casos tierna, en otros no tanto, empezamos a vivir y sobrevivir a las presiones de los círculos sociales. Las amistades, los grupos, el colegio, la familia.

 

Se nos presentan múltiples ocasiones en que la energía de los grupos va a a generar toma de decisiones, asunción por parte de algunos del rol de líder, en el caso de otros del rol de seguidor, por parte de muchos de “sí buana” para conseguir la anhelada aceptación o reconocimiento por parte de un amigo, familiar, profesor.

 

Resulta complicado cuando la edad se cuenta con un sólo dígito no ceder a las presiones grupales y a los qué dirán. Es duro pero es así. ¿Cuántos de nosotros no hemos claudicado y terminando haciendo a regañadientes algo que no nos apetecía por no ser dejados de lado?

 

Luego llega la adolescencia, esa etapa de nuestra vida mezcla de altibajos, hormonas, emociones, desilusiones, decisiones y primeros amores. La etapa de los amigos “para toda la vida”, la época en que convertíamos un grano de arena en una montaña con una facilidad pasmosa, tanto para bien como para mal.

 

De nuevo nos encontramos en un escenario que nos plantea opciones y empezamos a darnos cuenta de que al escoger encajar para ser aceptado estamos pagando un precio, quizás pequeño al principio, pero un precio al fin y al cabo. Cual muescas en un Colt 45, como en las pelis de acción, se van acumulando las aparentemente invisibles consecuencias. Y aun así, muchas veces continuamos con la elección que nos hace formar parte de la manada.

 

Con el paso del tiempo, estos pasos dados en contra de nuestro instinto han contribuido a forjar nuestro carácter y personalidad, o la falta de ellos, ya que en cierto modo hemos ido creciendo y actuando en base a los demás.

 

Imagina dos senderos. Por uno caminas según tu instinto y por otro cuando decides acallar tu voz interior y te pliegas a lo que crees que otros consideran socialmente adecuado.  

 

Con un poco de suerte, empiezas a darte cuenta que tienes un pie en cada uno de ellos y ello no te permite avanzar. No importa lo que hayas hecho en el pasado, todavía estás a tiempo. Puedes flagelarte por tus elecciones del pasado (cosa que no te recomiendo) o tomar conciencia de tu realidad y ver que cada momento es una nueva oportunidad para ser “tú” y avanzar a cada paso por el camino que decidas.

 

Cierto es que cuando decides seguir tu propio camino, vas a encontrarte con personas que no te comprenden, algunas que no te brindarán el apoyo con el que creías contar. Serás el perro verde, el raro. ¿Qué mas da? Ello, lejos de ser negativo, es toda una oportunidad para crear espacio para que el aire fresco entre en tu vida y nuevas amistades surjan, aquellas que te valoren por cómo eres en verdad y no por lo que finges ser.

 

Poco a poco vas a ver que este nuevo camino, tú camino, y cada paso que das avanzando por él, te llenan de satisfacción y verás aflorar de tu interior tu verdadera esencia.

 

Foto: pixabay.com

 

 

 

 

Sobre Amparo Aparisi

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