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Cuando dejas de ser por no estar

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“Ten más de lo que muestras; habla menos de lo que sabes” (William Shakespeare).

Lo de que vivimos en un mundo hiperconectado y tremendamente accesible ya no es ninguna novedad. Las nuevas tecnologías nos invaden con infinidad de oportunidades al alcance de todos y nos ofrecen numerosas vías para poder conseguirlas. Todas nuestras necesidades parecen estar a tan solo un clic de ser cubiertas. Las redes sociales nos han permitido, además, sentir cerca a personas que viven en el otro lado del mundo. La distancia deja de ser un problema si dispones de un móvil o de un ordenador con conexión a internet. Todo se reduce a una pantalla, pero, a cambio, son muchas las ventajas que obtenemos.

Sin embargo, todo este proceso de cambio conlleva, además, numerosos inconvenientes. Mucho se ha debatido acerca de los efectos negativos de los avances tecnológicos. Entre ellos, se habla del aislamiento y de la dependencia que generan. La comunicación pasa de ser cara a cara a producirse a través de una pantalla. Lo que antes se calificaba como un contacto cercano y real, ahora se convierte en algo cómodo y alcanzable, pero a la vez es frío y distante. Se ha perdido la esencia del tú a tú y, además, se infravalora la relevancia de la comunicación no verbal en las relaciones interpersonales.

Pero, ¿qué ocurre cuando hablamos de emociones? Aún nos queda mucho para ser capaces de transmitir sentimientos telemáticamente de la misma forma que lo hacemos de manera directa. Los emoticonos han permitido que la distancia entre estas dos formas de comunicación sea cada vez más pequeña, pero, seamos sinceros: no siempre conseguimos transmitir vía digital un mensaje tan exacto y preciso como el que se pretende en una interacción directa. Cuando se trata de sentimientos, la tecnología aun tiene mucho que aprender.

Por otro lado, no hay que olvidar la infinidad de malentendidos que aplicaciones como  Whatsapp han provocado. ¿Quién no ha interpretado un mensaje de forma errónea cuando esa no era la intención? Si lo piensas, no dejan de ser pruebas inequívocas de que la comunicación online aún tiene sus inconvenientes.

Lo que sí está claro es que todo este proceso de cambio no hacer otra cosa que fomentar que los profesionales saquen a relucir todo lo que saben hacer sin miedos. Se fomenta la exposición instantánea y constante de cada paso vital. Además, la clave del éxito parece estar en sacar el máximo potencial de uno mismo y no desaprovechar oportunidades de desarrollo y crecimiento disponibles a cualquier precio. El networking, que hace referencia a los eventos entre profesionales con el único objetivo de generar oportunidades de negocio, fomenta esa interacción entre trabajadores del mismo ámbito.

Aun defendiendo la idea de exprimir al máximo tu talento y de encontrar la forma de sacar provecho de tus capacidades, también creo que cada uno debe ser plenamente realista y consciente de sus límites, de dónde termina su saber hacer y dónde empieza el punto en el que es necesario dejar paso al aprendizaje para seguir poder progresando.

Difundir el mensaje de que todo el mundo es capaz e incitar a personas con escasa experiencia a tirarse a la piscina es un arma de doble filo. Muchas veces difundimos tanto el mensaje de mostrar a cal y canto nuestras aptitudes, que nos dejamos llevar y cuando nos vamos a dar cuenta, el mensaje transmitido está vacío y falto de contenido. ¿Qué ha pasado ahí? Que hemos sido impacientes y hemos corrido más de lo que deberíamos. Debemos preguntarnos: ¿Estoy preparado? ¿Tengo los conocimientos suficientes para poder hacerlo? ¿Cuento con los medios y los recursos necesarios para lograr lo que pretendo? Y en el caso de que no, definir estrategias que me acerquen a conseguirlo.

Claro que si provocas cambios en ti que te acerquen a tu meta vas a poder conseguirlo, pero no debes olvidar que a veces se necesita tiempo. En ocasiones, creemos que la vida nos dice “no” y lo único que nos dice es “espera”. Necesitamos dar paso al tiempo para que nuestro aprendizaje madure y será ahí cuando estaremos en disposición de regalar al mundo nuestro conocimiento.

Otro factor al que quiero hacer referencia es que todos estos avances tecnológicos han provocado que, en el camino, hayamos perdido valores tan preciados como la discreción. Párate a pensar un momento. ¿Qué pasa con todas esas personas que, siguiendo sus ideales y manteniendo sus valores de base, deciden adoptar una postura prudente y reservada respecto a sus méritos como profesionales? Hablo de todos aquellos que no quieren acudir a actos públicos ni quieren mostrar lo que saben ni lo que han conseguido, sino que prefieren mantener una postura reservada. Algunos lo hacen para mantener su integridad; otros, lo hacen por falta de tiempo; incluso otros muchos, deciden mantenerse al margen porque no creen que tengan la necesidad de hacer lo contrario. Una virtud tan destacable y respetable como es la cautela y la prudencia en una persona no debería de pasarse por alto en selección de personal.

¿Quiere eso decir que son menos por no estar presentes públicamente en actos o por no promover su éxito a través de eventos empresariales? Desde mi punto de vista, son profesionales que merecen un gran respeto y admiración, no solo porque demuestran tener personalidad, sino porque, seguros de sí mismos, se les valora por sus logros y sus méritos y no por la promoción que hacen de su propio trabajo.

Sobre Carla García-Mori

 

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