¿Cómo ser un “adulto emotivo” y no morir en el intento?

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Observando a los niños y, sobre todo, cuando están ante un espectáculo que les impresiona, se puede llegar a comprender la distancia que existe entre un “ser real” y alguien que vive como una “idea de sí mismo” y con una “idea de la realidad” y, como consecuencia, con una idea de los demás que es su propia proyección.

Los niños se integran a lo que viven. Si están en el circo comentan, ríen y se sobrecogen; pero no piensan en sus sentimientos por separado. Todo aparece ante ellos como es en realidad, o sin que lleguen a tener un análisis, una idea, sobre lo que ocurre. Y cuando salen de allí, llenos de excitación por lo que han vivido, se sienten plenos de felicidad y vida.

Lo que ven les causa sorpresa, admiración o miedo, risa, temor o aburrimiento. Pero nunca reflexionan sobre ello como algo aparte de sí mismos.

El espectáculo acapara toda su atención y emoción. No hay tiempo para discurrir sobre él y, al salir, el placer que experimentaron contemplándolo les ha dejado radiantes y llenos de vitalidad. Han compartido emociones con los payasos, con los domadores y con los trapecistas; se han unido a ellos, y el entusiasmo les ha hecho felices.

Por el contrario, recuerdo a un perfecto “yo-idea”, muy entendido en dramaturgia y artes escénicas, que tuve como acompañante en una ocasión para el estreno de una obra de teatro alternativo. No me permitió en ningún momento del espectáculo integrarme, vivirlo o emocionarme con el mismo. Me privó de sentir en cualquier momento de la obra cualquiera de sus aspectos, por lo que no salí de allí feliz y lleno de vitalidad; sino con unas ideas muy bien definidas sobre lo que había visto y oído, desde el juego de luces hasta el movimiento de actores o la adaptación del texto original, pero que no pertenecían a emociones de vivir el presente, pues la obra había terminado ya y la teníamos muy bien analizada pero poco disfrutada.

Todo cambia al convertirlo en una idea. La más bella puesta de sol, que a una persona sensible proporciona placer con solo mirarla, analizándola se convierte en una falsa sensación de estar viendo algo que como concepto es belleza, pero que en realidad no hace vibrar. La música más extraordinaria, analizada se queda desglosada, carente de unión y de sentimiento y desprovista, para quien la escucha enjuiciándola, de la emoción que el artista puso en ella al componerla o ejecutarla.

El mundo de la idea es engañoso, atrayente, sutil, superficial y falso. Ególatra, ya que nos hace partícipes de la vida como egos, al dar oportunidad para el envanecimiento y la demostración de estar bien despiertos intelectualmente, aunque se tenga el corazón adormilado y no sintamos la vida.

Sin embargo, todos somos egos y, como tales, buscamos esa satisfacción intelectual inmediata. Es verdaderamente difícil, por tanto, renunciar a lo que somos en ese sentido, para comprobar que la vida es algo distinto. Que existe una plenitud y felicidad diferente a la que proporciona la vida ideada.

Para conocer esa nueva vida emocional, sería necesario permitirnos ser y sentir sin tanta premeditación y predeterminación. No abortar tantos impulsos y sentimientos. Permitirnos reír o llorar, cuando estas reacciones surjan espontáneamente. Permitirnos estar tristes y alegres cuando toque.

Creo que todos hemos vivido alguna vez un instante que, por parecernos mágico, guardamos en la memoria, que no deseamos olvidar porque ha sido un momento feliz y pleno. Pero más tarde, al recodarlo, ya no sentimos de la misma forma. Ya no somos conscientes como lo fuimos entonces, cuando la entrega y unión a aquel minuto lo hizo extraordinario para nosotros.

Es decir; sepamos conocer lo que es vivir y no, simplemente, conocer.

Sobre Antonio Fuentes

Después de casi 30 años como experto en la Gestión de RR.HH.

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