Alégrate por lo bueno de los demás

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Que desdichada debe ser la vida de un envidioso. Tener que vivir sufriendo los éxitos ajenos, soportando cómo la demás gente es feliz y cómo se van realizando. Es especialmente difícil en un tiempo en que las redes sociales son agentes propagadores de esas ‘tragedias’ y cuando, por la situación de incertidumbre en la que vivimos en la actualidad, hay muchísimas personas empeñadas en ser felices, en desarrollarse ellos y a quienes les acompañan por la vida y, en general, a construir un mejor mundo.

Debe ser difícil darse cuenta que al vecino lo ascendieron en su trabajo, que el vecino del frente está remodelando su casa y que el otro, el de la casa diagonal, viajó recientemente de vacaciones con toda su familia al extranjero.

La situación se complica al darse cuenta que aquel colega, que se había quedado sin trabajo hace unas semanas, ya se colocó en otra empresa. Tiene esa manía tan desesperante de ser algo que llama ‘optimista y positivo’. Y ni se nos ocurra invocar a aquella persona que, luego de su jornada laboral, se le ocurrió buscarse un ingreso extra y ahora lleva una vida tranquila y sin deudas.

Que desdichada debe ser la vida de un envidioso. Estar todo el día pensando en lo que no tiene, envidiando a los demás y sufriendo dentro de sí con una actitud que no le llevará muy lejos en la vida.

Por supuesto, nosotros no somos así. Nosotros tenemos presente aquella máxima de vida que dice que una pena compartida es la mitad de una pena, y que una alegría compartida es una alegría al doble. Estar feliz por los demás y alegrarse por las cosas buenas que les suceden es un síntoma de salud emocional, de madurez y de agradecimiento.

¿Agradecimiento aunque a mí no me vaya tan bien? ¡Claro! Si empezamos a analizar lo que tenemos, nos daremos cuenta que tenemos muchas más alegrías y cosas buenas de las que pensamos, que podemos disfrutar y que también podemos compartir. El mismo hecho de que podás estar leyendo este artículo (¡gracias por ello!) quiere decir que estás mucho mejor que alrededor de 758 millones de adultos en el mundo que no saben leer ni escribir, según una publicación de la Unesco de inicios del 2017.

Por esa razón es que nos alegramos de la remodelación de la casa del vecino, porque seguramente viene más familia en camino. Y también nos alegramos por los que viajaron al extranjero, porque era la primera vez que tenían la posibilidad de salir del país y conocer más mundo. Y ni hablar del colega que consiguió trabajo rápido, ya que debe ser difícil estar en paro cuando tenés hijos pequeños.

¿Y nosotros? Hay salud, esperanza y optimismo. El trance difícil que estamos atravesando es solamente eso, un trance. Pasará. Nos levantaremos. Echaremos la mirada atrás y agradeceremos por ese momento difícil, por lo que nos enseñó y porque ahora estaremos mucho mejor. Y además, nos alegraremos con lo bueno que le está sucediendo a los demás.

Sobre Fabrizzio Ponce Villarreal

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